Resplandores del ojo que espíaCancha mojada (Retratos rápidos de gente al contado): Capítulo ocho

Armando Borgeaud7 noviembre, 2018

Por  Osvaldo Croce Armando Borgeaud

“Olvidate”

Expresión utilizada en Argentina, la mayoría de las veces, para confirmar lo que ya sabemos que está arreglado para perjudicarnos. Al decirlo con ironía, bajando la cabeza o sonriendo cómplices, expresamos la seguridad de que entre nosotros, nada podrá mejorar jamás. Una orden amigable para olvidar  con  saludable resignación.

Teodoro M

Un día desapareció de la puerta en la que se paraba cuatro horas a la mañana y cuatro a la tarde para mirar a la gente ir y venir, las manos en la espalda, el saludo cordial a quienes ni siquiera lo registraban, absorbidos en pensamientos urgentes. Fueron años de vigilar inútilmente la cuadra desde la mañana a la nochecita, momento en que desaparecía en el interior de su casa para asomarse al otro día como un timonel. Los bomberos que lo encontraron tirado en el pasillo apenas pudieron ingresar a la vivienda se negaron a dar detalles del inventario  de rigor en esos casos.

Liliana P W

Desde hace al menos treinta años la mujer de aspecto digno, rubia auténtica y apellido anglosajón, está detrás de varias entidades de bien público, fundaciones, ONG, cada tanto se la puede ver en subsecretarías como asesora. Eso sí, jamás deja huellas, siempre en las sombras, nunca firma documento legal alguno. Casada y separada un par de veces, es codiciada por un círculo de hombres codiciosos, desesperados, réplicas de ella misma. Tiene los mejores autos, sus tres hijos estudian en el extranjero y jamás ejercieron profesión alguna, excepto la de pedir y pedir extensiones de tarjetas Diner´s, American o similares. Pocas relaciones, que cambian según soplan los vientos, anda por la vereda soleada de la vida. Sonríe y el mundo se rinde a sus pies. No considera finales amargos ni situaciones económicas complicadas. Cada tanto el espejo le dice que, llegada la hora, será capaz de levantarse al mismísimo Dios. Liliana le cree.

Samanta G

Mujer de andar con tiempo en el oficio de vivir. Vende ropa detrás de un mostrador tal como vendió pollos en lo de su suegro hasta que murió y hubo que rifar todo. También fue vendedora de la verdulería La Sombra del Bajo cuando era una adolescente que estudiaba en el Colegio de Hermanas. Allí conoció a su primer hombre, un camionero mayor que ella, con quien se llevó muy bien hasta el embarazo, el hijo y la vida que nunca se detiene. Más adelante se casó con Fernando y tuvieron otra hija, que ahora estudia el CBC porque quiere ser dentista. El mayor ayuda al padre en el taller mecánico. Se recibió de técnico, es muy hábil para las matemáticas y lo único que le pide es que tenga cuidados con su novia, una morocha del centro, porque para otro crío no dan los números.

Tía E

Ella siempre hizo todo trabajando, sufría sed de hacer, hipnotizada como un ratoncito vivía inclinada sobre las cosas, igual que esa gente que se pasa toda la vida fumando uno tras otro como si se tratara de un deber ese hábito de ir echando humo desde que se levantan hasta que se acuestan. Eso, deber, es lo que vemos en la mayoría de la gente que anda alrededor de uno, cercanos o lejanos. Y ya se sabe que el miedo es hijo del deber, y ni que hablar de la culpa. Será por eso que nos reímos tan poco de esta absurda costumbre de vivir sin saber hasta cuándo ni cómo. Será.

Ella siempre andaba con las manos rojas de lavar, retorcer los trapos, agarrar  sartenes y cacerolas hirviendo, barrer y barrer, hinchados dedos y palmas de apretar ásperos palos de escoba que ya no podían dejar ampollas sobre la piel  endurecida, aunque si clavada alguna astilla hija de puta cada tanto. Y cuando terminaba en la cocina y mientras en el horno marchaba una torta que cada tanto iba a espiar abriendo un poquito la puerta, se sentaba a la mesa del comedor junto al costurero de mimbre heredado de su madre, los anteojos colgados del cuello, el velador pegado a las manos enhebrando agujas con la fe implacable de los pacientes. Y entonces, los que hasta ese momento le hablábamos a su espalda en la cocina, únicamente cuando el tema de conversación subía de dramatismo ella dejaba todo y se daba vuelta para mirar a los ojos mientras secaba sus manos en el delantal,  continuábamos contándole nuestras historias con pedidos de consejos, esperando las  respuestas de su voz suave, comprensiva como la de un monje, viéndola medir, pespuntear, cortar el hilo de un tirón entre los dientes, sin pausa, con esa resignación de los motores fieles. Atenta a todo a la vez, como hacen los que huyen de sí mismos, sabedora de que cualquier distracción podía reavivar su existencia como un fuego.

Maestro P

Todos sentíamos lo mismo cuando entrábamos al garaje donde daba clases compartidas a los alumnos que pretendíamos ingresar al Industrial, en su mesa larga sobre caballetes forrada de papel blanco impecable que estaba penado garabatear. Yo fui uno de ellos aquel año durante algunos meses desde junio hasta marzo cuando eran los exámenes definitivos para entrar o quedar afuera. Al escuchar en la vereda la voz del director, pelado y estricto, la lista de nombres completos y el número de la nota general, los alumnos se enteraban de qué lado de la institución habían quedado. Institución desde ese día se llamaba la escuela. Todo el mundo sabía que los que iban a prepararse con él ingresaban seguro. Bastaba con ser puntual, ir bien peinado, mantener la vista concentrada en el pizarrón, hacer silencio a menos que se requiriera una respuesta específica, no hablar con los compañeros, pedir permiso para ir al baño lo menos posible, llevar la tarea cada vez que se requiriera con números claros y letra bien legible. Por algo el maestro usaba el cinto grueso de hebilla de bronce apretándole la pancita redonda de hombre flaco uno o dos centímetros debajo del borde del pantalón, igual que esos italianos que solían caminar petulantes pero sonrientes, con la cabeza erguida, las mangas cortas, las manos grandes y rápidas para la cachetada cuando hiciera falta.

Anselmo T.

Ha recorrido incontables kilómetros al manejo de colectivos. Comenzó con la 228 donde siempre cubrió la ruta Zárate Campana. Cuando estaba a punto de conseguir ingresar al ramal que llegaba  hasta Puente Saavedra, el destino le jugó sucio y lo dejó en la calle. Cobró indemnización y al poco tiempo la línea fue devorada por la Chevallier. Después anduvo por la 204, cortando boletos amarillos, anchos. Su amigo Pablo lo convenció para cambiar a sucesivas líneas locales. Al principio lindos coches y con el tiempo chatarras de ruido y mugre garantizadas. Conoce los barrios como pocos, a las personas como nadie. Sabe a quién no cobrarle porque jamás cargará la SUBE. Sabe a quién insistir hasta lo último para que pague el boleto. Las mujeres que van o vienen del Bingo le enseñaron la Biblia profana. Los hombres que suben vestidos de seguridad privada y de repente aparecen con ropa gastada para vender alfajores, suelen agradecer su olvido piadoso. Las muchachas rebuscadoras de monedas entre   clientes secos que les dejan cicatrices, hijos y dientes caídos a mano alzada,   cada tanto amanecen a su lado en con sexo y besos en las mejillas. Anselmo T dibuja la ciudad varias veces al día y nunca se puso a pensar en la transparencia, la honestidad, esas palabras jarabe de pico según dice bostezando. De vez en cuando, eso sí, se despacha sobre la corrupción de los políticos, todos ladrones, todos iguales.

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