Resplandores del ojo que espíaCancha mojada (Retratos rápidos de gente al contado): Capítulo nueve

Armando Borgeaud22 enero, 2019

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

¿Salud o negocio ?

Leído en la puerta de una farmacia zarateña, el 28 de diciembre

Fernanda J

Tiene la costumbre de saludar a los muebles cuando llega a trabajar. Se instala en su lugar, detrás del mostrador, delante de la caja registradora, pasa un dedo sobre la foto de Ceratti que puso debajo del vidrio cuando empezó, digamos siete años. Atiende con la predisposición a solucionar problemas de los profesionales en el arte de vender. Escucha las quejas por los precios y sabe elegir las palabras adecuadas para que nadie se vaya mal. Al medio día pasa su patrón, la mira a los ojos, le pide la recaudación para llevarla al banco. Ella sonríe porque conoce a su mujer y no quiere problemas. Al finalizar el día regresa al departamento que comparte con su amiga Greta. Hablan de lo que sea menos de trabajo y se duermen mirando cualquier serie en Netfix. Al otro día recomienza la cinta del tiempo, aburridamente igual.

Pepe 1

Pelado como un buda del ascenso, Pepe preside cada almuerzo dominguero o mateada de sobremesa con la tele prendida a bajo volumen en las películas que pasan como maníes. Impasible a la hora de las peleas a muerte entre sus hijos que en general lo incluyen en la repartija de reproches e insultos que van creciendo de tono. Buscan, tal vez, se me ocurre ahora, una intervención suya con un golpe sobre la mesa o una cachetada certera en el rostro de la más grande, la más soez, si lo habré deseado. Pero no. Su mujer, Ernestina, trata, como el Perón de Puerta de Hierro, de darle la  razón a todos,  lo que obviamente empeora las cosas hasta que empiezan las sillas corridas, los portazos, los llantos lastimeros. Cada tanto, la señora, que no pierde la compostura, mira a su marido con la clara expresión de vos no deberías permitir esto Pepe. Pero Pepe, nada. Cuando todo se calma como en esos campos de batalla diezmados luego de las refriegas, Pepe empieza a contar alguna historia de las que tiene miles, del campo, de su trabajo con los gitanos, de aventuras que inventa con esa pasta de escritor que no entiendo por qué no le sacó millas.

Norberto G

Fanático de Flandria, el equipo de Luján, desde que su padre trabajó en esa textil durante demasiados años, el hombre bajo lustra su Peugeot 308 cada vez que tiene un rato libre. Se mantiene con la noble tarea de preparar pastas frescas y empanadas en el comercio de su cuñada. Su mujer lo abandonó con dos hijos a los que rara vez puede ver gracias a un abogado muy rápido y costoso. Siempre serio, hace las compras de verduras, carne, harina, con el ojo del que protege las finanzas de su empleadora. Diana, la hermana de su ex mujer, está embarazada. El hijo es de Norberto, que la ama desde que la conoció, cuando se dio cuenta del error de su matrimonio, aunque jamás lo dijo. La relación fue muy discreta y al día de hoy nadie la conoce. Ni siquiera el letrado que se juntó con su antigua esposa, aquella rubia que lo dejó porque Norberto era insoportablemente aburrido.

Pepe 2

Pepe fue gendarme de los grandotes y duros que anduvieron por las fronteras en serio. Hombre de poco hablar con las palabras, con la mirada dura lo decía todo, cuando había que decirlo. Viudo desde los 50, vivía en su casa con patio grande del que se encargó hasta el martes, que cumplió los 90. Una señora venía dos veces por semana para la limpieza porque del resto se ocupaba él con práctica austeridad de hombre solo, aún el tiempo que estuvo casado. Una tarde, veinte años atrás, su vecino, el  gordo Salvatierra, bastante más joven que el gendarme, cortó con un serrucho, sin avisarle, una rama de su naranjo que había trepado hasta la medianera de su lado. Ese día, Pepe juró que vería pasar a su vecino muerto por su vereda y se olvidó del asunto. El martes a la noche, mientras un médico de la emergencia lo atendía del infarto que horas después terminaría con su vida en el hospital, el chofer de la ambulancia se asomó a la semioscuridad del dormitorio, y en  voz baja comentó como con culpa, que  Salvatierra, su vecino, se acababa de desnucar en el baño. Ya lo decía mi abuelo que todo es cosa de voluntad.

Helena con hache.

La biblioteca de la sociedad de fomento tiene su impronta. Ordenada, metódica, la señora consiguió que todos los del barrio tengan su refugio en ese local que funciona al ritmo de su constancia. Casada y madre de una hija, hoy maestra en la Escuela 4, pocos saben su apellido. Helena, con hache, como subraya al presentarse, indica qué diccionario consultar, qué noticias rescatar de los diarios, qué autora o autor conviene para aprender física, matemáticas, lenguas, ciencias naturales. Más rápida que cualquier computadora, responde las inquietudes de sus vecinos sin equivocarse. Contactó a profesionales que cada miércoles instruyen sobre educación sexual sin puritanismos, dejando ideas religiosas de lado, asesorando sobre los problemas urgentes, orientando con términos simples en temas tan complejos como el deseo. Una ciudadana a destacar, Helena. Con hache.

Pepe 3

Cuando llega a los asados habla poco, como falso tímido merodea la parrilla, apenas levanta la cabeza, parece que pidiera perdón por anticipado, se agazapa. Ya en la mesa, busca  sentarse en el medio, para que todos lo vean, en  realidad lo puedan escuchar. Y mientras van llegando las bandejas con chorizos y morcillas, el pan recalentado, el vino en jarra, Pepe toma la palabra, no crean que eso le impide comer porque despliega una rara habilidad de puntero izquierdo para ambas cosas. A partir de ese momento ya nadie podrá terminar de opinar  del tema que sea,  completar una idea, explicar algo que sepa  a ciencia cierta. Una charlatanería capaz de abarcar todos los temas se apodera del habla de Pepe como en un encantamiento hasta que el dueño de casa invita a brindar por cualquier cosa y en ese manojo de copas en el aire, entre alaridos y empujones, Pepe pierde la palabra como un náufrago y se despierta.

Martincito L.

Aunque esté pronto a su jubilación, siempre será un afectuoso nombre con diminutivo. Este arquitecto sin trabajo, encontró su lugar en el mundo como dueño de una pequeña empresa de pintura. Sus clientes le tienen máxima confianza. Es de esos personajes a los que se les da la llave del domicilio, se les habilita para tomar decisiones difíciles –elegir un color, combinar otros, recomendar recubrimientos- y se les reconoce la capacidad de pensar como quien lo contrató, aunque no sea necesariamente su parecer. Martincito L compra autos viejos, casi destrozados, los reconstruye, los vende a coleccionistas. Anda siempre en una moto grande, llena de brillos. Su casco tiene en la parte frontal la inscripción: Martincito, uno más en la ciudad. Le gustan todas las mujeres, nunca se casó, tiene cuatro hijas con cuatro madres distintas y es tan grande su calidad humana que las reune a las ocho cada vez que el calendario social lo requiere y terminan en un gigantesco abrazo lleno de lágrimas y afecto. Un capo Martincito L.

Pepe 4

Pepe atiende el quiosco las 24 horas de lunes  a lunes y es un misterio cuándo duerme, va  al baño, se sienta a comer. Saca los cigarrillos del estante siempre con un pucho entre los dedos, el reloj de oro macizo, los anteojos como antiparras, la voz cavernosa y neutral, siempre escuchando Rivadavía, desde El Club de Barbas hasta Invierno de noche, pasando por La vida y el Canto y el Gordo Muñoz en la Oral deportiva Edmundo Campagnale. Vende mapas para el colegio, yerba, bencina para encendedores, fideos y dentífrico, pero cada  semana va agregando productos cada vez que algún trasnochado viene a pedir lo que él no puede ofrecerle. Asomado a la ventanita iluminada de su negocio, parece un guardabarreras del olvido, un profeta de la desesperación, un desvelado a mate amargo. Anda con una pistola en la cintura igualita a la que usaba Bat Masterson. Es mentira que murió hace mucho.

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