Resplandores del ojo que espíaCancha mojada (Retratos rápidos de gente al contado): Capítulo doce

Armando Borgeaud26 julio, 2019

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Vean a sus costados

Vivir la realidad es acostumbrar los ojos

a mirar lo que deben  

Por estos ríos, Hugo Diz

Marcial E

Marcial es mago, en realidad ya no lo es, desde que hizo un curso en Buenos Aires gracias a un amigo que lo recomendó a un ilusionista que necesitaba plata para dejar el circo con el que había llegado al país unos meses atrás y aceptó darle algunas clases, de mala manera y cobrándole por anticipado, en la pieza de hotel donde paraba.

Contrario a la voluntad de sus padres que pretendían que se inscribiera en la UTN, Marcial comenzó al poco tiempo a trabajar en cumpleaños de niños y fiestas de todo tipo invitado por clubes y empresas quienes, gracias al éxito de sus funciones, lo recomendaban cada vez con mayor entusiasmo.

La primera vez que ocurrió, ese día el público era escaso y se distrajo cuando los fuegos artificiales irrumpieron en el aire unos segundos antes de que extrajera de la galera el conejo del truco, Marcial creyó que la presencia de su abuelo Victor muerto en un accidente cuando manejaba rumbo a Córdoba, sentado en la primera fila de sillas, se trató sencillamente de una visión producto del cansancio, algunas copas de vino, el aire viciado. Pero cuando en sucesivas presentaciones se fueron sumando a su público, sentados uno al lado de los otros, además del abuelo Victor, tía Rosaura, fallecida antes de que él naciera, Ernestito, un amigo de la infancia que se ahogó al caerse de una canoa en el Ñacurutú en el 74, así como vecinos a los que apenas recordaba haber cruzado en el barrio y que ahora descubría que habían fallecido, abandonó para siempre la magia. Hace unos meses rindió la última materia de Ingeniería Mecánica y piensa irse a trabajar a Alemania apenas se reciba.

Juan José H

Desde hace mucho tiempo se las rebusca para sobrevivir. Lo suyo siempre roza lo triste, lo miserable, lo mezquino, pero nunca se detuvo a pensarlo. Hace lo suyo y listo. Se especializa en los bancos privados, pero a veces trabaja en el Nación y en el Provincia. Siempre vestido correctamente para no llamar la atención, JJH está de pie junto a las puertas de entrada, en la vereda. Ni bien detecta a una persona con dificultades menores, corre a solucionárselas. Obtener turno para las cajas, un lugar para esperar sentado, reclamar asistencia porque el cajero le tragó la tarjeta, abrir camino entre los que esperan para que atiendan antes a su cliente, como los llama. Nueve de cada diez le paga el favor con un billete. A fin del día redondea la compra del supermercado, el importe de la luz, o del gas. Un luchador de la vida, según se define este muchacho.

Miguel del Río

La gente dice qué cómo es posible que pase el tiempo y la voz que viene desde el río, ronca y gastada desde la garganta de Miguel, pero con ese entusiasmo tardío que la ironía presta a los viejos, vendiendo fruta de la isla para las señoras que van saliéndole al cruce a la chatita con el parlante tipo molde de flan sobre el techo, sea la misma, como si los años no pasaran nunca. Y yo digo que no es ninguna novedad que haya milagros en el suburbio de esta realidad implacable de ver para creer. Es la misma voz que viene con el viento sur entre acoples de micrófono agudos como grititos a ofrecer de vez en cuando naranjas dulces, limones grandes, aproveche señora, hasta deshacerse entre ladridos, pitos del ferry y atraques de la balsa. O será que el pasado transmite esa voz desde el amplificador del cielo para jugar un rato con nuestra incredulidad indestructible.

Amanda S

Cambia de trabajo cuando se aburre. A veces atiende pedidos en este o aquel bar o restaurante, a veces limpia casas de familia, cada tanto, cuida ancianos. Puede ser la secretaria de un nuevo abogado, de un médico recién llegado a la ciudad, y puede asesorar en una inmobiliaria o en un bazar enorme predestinado a fundirse en tres meses. Ella es eficiente, gentil, discreta, siempre impecablemente vestida, siempre informada de su tarea, cualquiera sea. Vive con su marido, un odontólogo que gana lo suficiente como para mantenerse, mantenerla, brindar educación a sus tres hijas y veranear en donde quiera. Sin embargo, nunca dejó de trabajar. Siempre es bueno tener independencia económica, dice imitando la voz de Perón, mientras muestra una campera de corderoy en buen estado que ofrece la Feria Americana donde trabaja hoy, y vaya a saber hasta cuándo.

Francisco O

Náufrago del amor, debiera decir su tarjeta personal, si la tuviera. Supo noviar con una bailarina clásica, ir al Colón para admirarla, asistir a reuniones de personas muy refinadas. Dejó a la muchacha, delgada como mimbre, harto de comer casi nada para respetar su regimen, harto de no tocarle un pelo cuando se preparaba para un estreno, harto de aburrirse con tanata paquetería. Un polvo maravilloso cada seis o siete meses no valían tanto, dice. Después fue pareja de una muchacha simple, ni linda ni fea, que enseñaba música en varias escuelas, que cumplía con todos sus deberes, que le daba los gustos sin chistar. La dejó porque le resultaba incómoda tanta obediencia de la mujer. Más tarde conoció a una pelirroja, arquitecta, que recorría obras por todas partes en su rol de inspectora, auditora, perita. Sin problemas para andar por andamios angostos sin barandas ni nada, acostumbrada a callarse entre los albañiles y hacer pasar malos ratos a los directores de obra, diestra en detectar materiales de menor calidad o desvíos que ponían en peligro la salud de los obreros. Demasiado para mi pobre corazón que vivía de susto en susto, dijo Francisco y se alejó por entre bolsas de cemento. Ayer lo vi en la puerta del Bingo. Esperaba a una mujer que allí trabaja. Su única virtud es tener plata, me dijo. Me sonrió y no le dije más nada. Hasta la próxima desilusión, pensé.

Esteban M

Durante años tuvo el quiosco de diarios y revistas en la esquina del centro, pasado de frío y calor entre las cuatro chapas flacas donde atendía parado, si apenas tenía lugar para el calentador eléctrico y la pava, un banquito que cuando se sentaba un rato apenas se le veía la cabeza asomando graciosamente. Siempre de aparente mal humor para desalentar cargosos, le gustaba hablar de boxeo, los gobiernos de Perón y la época de oro del frigorífico Smithfield siempre con datos falsos que iba cambiando cada tanto para no aburrirse. Eso sí, cuando lo contradecían con razón, se hacía el sordo del oído izquierdo, tosía sin parar o se quedaba callado como una momia.

Jessica P

Profesora de educación física en varios establecimientos, la treintañera de corto pelo negro gana lo suficiente como para darse algunos gustos. Estudia violín y toca en un cuarteto que suele verse por fiestas distinguidas en los countries de Pilar. Corre maratones junto a un grupo de los que llaman runners. Participa de un grupo de lectura psicoanalitica los viernes en la noche. Mantiene a sus amores clandestinos con cama afuera, impide que se crucen. Está de novia con un joven que le regala rosas y no sabe nada de su vida, de la vida en general.

Armando M

Siempre a las zancadas andaba el alemán por el galpón sin paredes, un desierto helado de chapones gigantescos como alas de dinosaurios, envueltas en relámpagos azules que los soldadores diseminados a su alrededor, vestidos de cuero y caretas negras, encienden como fogatas cuando golpean las pinzas para recuperar el arco eléctrico.

Müller rondaba los puestos de trabajo como un sonámbulo, su figura alta, flaca, ágil de ciclista a la que nadie se animaba a arriesgar una edad o averiguar desde cuándo trabaja allí, cuándo había llegado al país y por qué. Alguno, cada tanto, en la ronda de mate se animaba a arriesgar que había pasado los setenta hacía un rato largo, por más que tuviera el pelo abundante y bien blanco bajo el casco lamido de hollín y grasa añeja, pero quedaba ahí. Siempre callado y como preocupado por otra cosa, pocos recuerdan haber hablado con el Alemán más que lo mínimo imprescindible para corregir el ancho de un cordón de soldadura, cambiar una medida en un plano, darle fuego para los negros sin filtro porque dejaba los fósforos en cualquier lado. Hasta la mañana en que lo vieron bajar desde lo alto de su oficina en el centro del galpón, acompañado por un oficial de justicia y un policía de la Federal.

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