Resplandores del ojo que espíaCancha mojada (Retratos rápidos de gente al contado): Capítulo diez

Armando Borgeaud6 marzo, 2019

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

“Repetí tantas veces sexto grado que por poco no me casé con la maestra"

Ringo Bonavena

Fernanda V

Recorre cada calle y cada barrio en su Peugeot 308 al que hace trabajar como remise. Lleva el cabello bien negro sujeto con una banda elástica. Habla lo necesario con quienes suben al vehículo, llega con precisión a donde le indican y si debe consultar algún detalle lo hace desde su ignorancia curiosa, registrando el nuevo dato para siempre. Maneja con sumo cuidado aunque le gusta la velocidad. Buena compañera de trabajo, ceba mate para los siete varones y una mujer más. Sabe escuchar, nunca discute, se rie lindo pero poco. Cuando llega a su casa, la saludan dos gatos blancos y una rica comida que prepara Augusto, su compañero de siempre, dueño del quiosco sobre Suipacha donde trabaja todo el día, la ve pasar cada tanto, la saluda levantando la mano.

Jesica

Azul tierra uniforme ajustado, morocha pelo azabache recogido en rodete, ojos desvelados, Jesica. Su inesperado cuerpo joven casi perfecto no corresponde a una agente bajando arma en mano en el barrio de ranchos esporádicos alumbrados de reojo por el único foco vivo del vehículo exhausto que alguien llamó al 911 y ha quedado atravesado en el camino polvoriento recortando un círculo amarillo en el yuyal salvaje. Chorrean puteadas de un lado al otro como salpicaduras de vino del fondo de botellas abandonadas, mientras los disparos secos en el aire de cartón es lo único real en el paisaje absurdo. No tendrá mucho que contar el comisario Zuleta el día del entierro en el panteón de la fuerza. Venida de Entre Ríos a la isla con madre y diez hermanos, poca escuela de tanto trabajo desde que despuntó del suelo, el embarazo a los trece, la huida una madrugada con el chico envuelto en una frazada, el instinto de empezar de nuevo frente a la injusticia carroñera, la vida en carne viva, siempre lista para hacer lo que haya que hacer.

Cristobal L

Eterno candidato a cualquier puesto en las listas sábana, es abogado recibido en la UBA, como se encarga de resaltar para que no lo crean un improvisado. Fueron siete años de viajar todos los días de la semana, cuenta a quien lo indague, mientras abre los ojos bien grandes y se pasa las manos por el pelo peinado hacia atrás. Nunca tuvo un estudio propio, nunca ganó o perdió un caso. Siempre a la sombra de otros que ponen los apellidos en las placas, anda en su Ford Sierra color abandono, a la búsqueda de datos por esos lugares donde nadie quiere ir. Conversador fácil, buen contador de chistes, sabe hacerse querer entre los desconocidos y los de siempre. Logró ser concejal suplente y asesor del HCD (el Honorable, según gusta decir). Eternamente de saco, su corbata suelta parece el fiel de una balanza tramposa. Soltero, sin compañía fija, sin ingresos importantes, alquila desde que tiene memoria- Cambió de colores políticos tantas veces como el Loco Abreu de camiseta. Y es mucho decir.

Eloy

Pudo haber tenido a la mujer que deseaban muchos para que los vieran pasar del brazo; terminado la carrera unos cuantos años antes para ganar tiempo, cansarse menos y llegar en el pelotón de los primeros; trepar más alto en la escalera de la empresa para la que trabajó hasta hace poco; aprovechar las oportunidades que siempre están ahí para gente de su grupo social; pasarla bien haciendo la plancha; mirar para otro lado cada vez que le pedían algo o detectaba una necesidad. Pudo.

Milena H.O.

La uruguaya, según le dicen todos, sabe rebuscar el mango para mantener a sus dos adolescentes. Viuda por arte del destino, enterró a su marido –gran jugador de cartas y perdedor consuetudinarrio en las mesas de cualquier lugar donde se armara una partida- para comenzar su vida de tranquilidad. El Mario no era malo, al contrario, pero lo podían los naipes más que a otros las mujeres o el vino, suele decir en los atardeceres detrás del mostrador. Tiene un negocio donde vende desde cien gramos de paleta hasta un short de baño. Nunca volvió a formar pareja, resiste  en su casa, que se salvó ahí nomás de las apuestas que hacía el finado. Alta, flaca, de buen porte, no le faltan candidatos. Sin embargo, nadie le conoce nada. Y mire que no faltan chusmones, ¿eh?

Gracia

Cuando mira todo lo que hizo, estudiar y trabajar, instalar el estudio y conseguir los clientes, criar a los hijos en soledad desde que el marido la abandonó, terminar la casa, ayudar a los padres jubilados cuando se enfermaron, para peor los dos a la vez y hasta en esa época aconsejar a las amigas en las crisis de separación un sábado por mes tomando el té con masas. Y después bancar la universidad privada y el departamento en Buenos Aires para el más grande y también para los otros dos cuando llegó el turno. Cuando mira todo esa vida sin pausa, no se le ocurre pensar que todo fue posible gracias al miedo que no le perdió pisada. El precio es otra cosa, ya sabe.

Daddy P

Gordo, de andar rápido en su bicicleta color azul, este gasista de oficio, de vocación, tiene prestigio entre la ciudadanía. Discreto, se gana la confianza de cualquiera que lo llame. Muy prolijo para arreglar desastres o instalar calefactores, cocinas. Sabe conducirse en todos los ambientes. Habla muy poco. Los sábados y domingos, no trabaja. Dedica esas horas a los tres pibes y dos muchachas que tiene después de cinco madres distintas. Mantiene buen trato con todas y cada tanto pasa una noche con una u otra. Cuando las reúne cada Navidad, vuelan corchazos de sidra que parecen solos de batería.

Sandro

Usted lo ha visto si viaja a Campana en colectivo con frecuencia. Ese que sube todas las tardes entre las cinco o seis de la tarde, un día vendiendo turrones, otro, pastillas de menta, helados de agua en verano, chocolates cuando llega el frío. Ese de las camisas estampadas y los mocasines bajitos con suela de goma, que sonríe  limpio con varios dientes de menos y siempre tiene una palabra galante para las mujeres que nadie mira. Ese, si, de pelo teñido que antes de subir, en las paradas, se acicala como para salir a escena. Si, ese mismo, compadrón de juguete, panzón de guiso y tinto raspón. El que hace un mes, más o menos, subió como siempre al coche 125 que venía de Luján y después de saludar agradecido al chofer que tuvo la deferencia de permitir su ascenso, como siempre hace, en vez de arrancar con su cantito de memoria, blandiendo los productos en mano, fue y vino por el pasillo atestado de gente parada, contándole a todos la muerte de su mujer tan de golpe, tan absurda, y siguió con las palizas de su viejo borracho, su madre internada en un manicomio.  Entre sollozos el hombre iba como confesándose el dolor frente a un amigo. Después, como cuando se le acababan los productos o nadie compraba nada, tocó el timbre para bajar, se peinó con la mano y bajó a la carrerita con el coche en marcha.

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