Resplandores del ojo que espíaAMOR A LA CARTA... Historias de a dos hasta que dure

Armando Borgeaud8 octubre, 2019

Por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Almas Gemelas

Ella, ojos de asombro, labios pensados para otros labios tibios, el pelo remolineándole por la cara oval. El muchacho, anteojos de lector, sonrisa de contagio seguro, el pelo raleándole por arriba.

Saltaron juntos por sobre la vida. Unidos por un solo corazón de fuego, recorrieron esquinas de dolor y desconcierto, playas para estacionar las ganas, cortos pasos de convivencia. Fueron horas de vino blanco y quesos, ventanas recortadas en la noche, miradas sin fin hasta que el sol.

Pudieron matear entre palabras que finalizaban sobre las espaldas de cada uno.

Las pisadas de ella recorrieron las pisadas de él y lo llevaron de paseo. Las manos de él volaron por las de ella y la llevaron entre perfume a tierra mojada.

Fue contra el vidrio de una mañana que ella lo vio desdibujarse.

Fue contra el sol de un atardecer que él la dejó volverse puro silencio.

Los cines donde estaban sus películas, las mesas donde esperaban sus café, los lugares del amor a ratos y sin control, comenzaron a teñirse de sepia.

Ella empezó a ser reflexiva y él a pagar impuestos. Así conocieron el desierto. En una fecha cualquiera ella dejó de estar. En un día de tantos él bostezó.

Comenzaron a escribir solos el nuevo tramo de la historia que cada cual se elige, ella con sus vestidos color pastel y sus horas de clase en el Nacional y él con sus andares sin horizonte, su trabajo de horario fijo, su comodidad.

Dicen que ella tuvo un eclipse detrás de las espaldas de un compañero que se asomó sin saber por qué. Cuentan que él sumergió la existencia en una dama con tres hijos que miraba los colores de cada voz mientras dibujaba casas para otros.

Ella fue madre y él padre de las criaturas que juntos habían soñado. Los viejos proyectos terminaron como alquilados, fotocopiados departamentos.

Más adelante, ambos se separaron y empezaron otra vez. Para ella fue duro porque los chicos y para él fue áspero sin los chicos.

La vida los volvió a juntar sin aviso: cruzaron sus correos electrónicos, se enteraron de las respectivas direcciones, intercambiaron frases a modo de jugadas al azar y al fin se vieron.

Ella, ojos sin asombro, labios hartos de mentiras, el pelo color olvido sobre la cara oval. El, lentes de contacto, sonrisa de compromiso, casi calvo.

Cayeron sobre la vida. Unidos por la desilusión, se quedaron quietos. Fueron horas de caricias y consuelos, comida sin picante, cortos tragos de vino tinto, una casa alquilada en la noche, conversaciones hasta que el sol.

Seis meses después se casaron, se mudaron a un lugar no tan grande pero propio, pagaron impuestos, trabajaron mucho y se quejaron porque no les alcanzaba. Los chicos de ella terminaron el secundario y se fueron. Los hijos de él nunca más lo vieron.

Hoy los vi, jubilados, miraban paisajes urbanos a paso lento.

Tal vez son felices.

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