Relatos DesparejosPadrinos ( por Miguel A. Di Fino )

Carlos Riedel5 octubre, 2014

(Ficciones en una ciudad de la furia).... -Acuña, Carmelo- vociferó la encargada del Registro Civil y prosiguió –Bueno, Acuña, acá  tiene la partida de nacimiento de su hijo Carmelo y que tenga suerte con los padrinos, ¿eh?-

Asistencia-Social-23

Lisandro agarró la partida y con un gesto que trataba de ser sonrisa, apenas atinó a responder, prescindiendo del acento: -Ojala, señora, ojala-

Y se fue caminando lento y pausado hasta la parada del 4 en Sarmiento y Jean Jaurès.

Esperó, casi con resignación cotidiana que el bondi apareciera para luego, dejarlo a la entrada del Lubo y desde ahí caminar hasta su casa, con la partida de su quinto hijo, el tercer varón.

Quería creer que el desaliento no le pesaría tanto estando sin trabajo, cuando la Susana y el Tato apadrinaran al  pibe  y le consiguieran un laburo como, de hecho, le prometieran harían hacia un año,  después que lo echaron de fábrica, con veinticinco años de servicio.

Se ilusionó. Si no había laburo, por lo menos le facilitarían acceso a planes o bolsas de alimentos, tanto como para sobrevivir un poco más a las changas en cuentagotas, al constante trabajo en negro, a los comedores comunitarios que, aunque se  esforzaban, también conformaban una realidad que hacía rato hasta el más quedado percibía vacía de Patria, saturada de tipos y tipas que cuando llegaban,  enseguida traslucían que no hay mejor pobre que el que no existe.

Pero la Susana y el Tato no eran así: venían apadrinando pibes desde  la campaña del ‘ 95 en los barrios y arrimaban  mercaderías, agilizaban trámites y estaban bendecidos por el Cabezón.

Así fue que la Susana ahora estaba como directora de algo importante en el muncicipio. Si la habría ayudado a entrar en las casas, mientras él ayudaba a repartir paquetes y paquetes de mercadería y ahora que se juntaba con empresarios, cómo no le iba a conseguir un laburo al padre de sus ahijados.

El Tato cayó mejor  cuando lo mandaron  como asesor de una senadora, después de que se le fuera la mano en la tramitación y cobro de un cheque para ayuda social que  no llegó a los beneficiarios. Igual estaban los alcahuetes de siempre  y los que cuando veían un peso de la fábrica se prendían hasta para armar almácigos de radicheta, si de hacer quinta se trataba.

No eran los únicos: fomentistas, periodistas, docentes, profesionales, vivían embobados por la misma fábrica que le sacó el jugo tantos años y después lo descartó porque no lograba “el perfil” que necesitaba la empresa para el siglo XXI…

¿Quién carajo se iba acordar de su hijo…?. Si, si…aquellos dos si. Hasta le parecía que los cuarenta y ocho años no le pesaban tanto después de la frustración del “parripollo” o el kiosco que sucumbió junto a otros tantos que florecían como hongos cada cuadra. Ni pudo zafar con el “remis” con los últimos pesos de la indemnización que le quedaban. Y encima los estudios en el hospital y  la noticia de que se tenía que operar urgente…

La lluvia finita  y fría se le colaba por la campera desgastada. Llegó a su casa. Los pibes en la escuela, la patrona siesteando con el bebé, al final de una segura mañana de tender camas, preparar los pibes, pedir fiado -como cada día- para seguir un tiempo más.

Apenas  si se tomó unos mates; el dolor en el vientre lo tenía loco, era como un  nudo. Se asustó.

Cuando llamó al Tato, éste se disculpó que no podía atenderlo a pesar en la urgencia de su pedido.

-Tenés que ir a verlo a Pedro y él te deriva para el trámite.-

-Pero Tato, ando jodido…-  dijo, casi disculpándose.

-Pará –lo cortó en seco el Tato- Vos me pediste una mano y eso trato de hacer. Ahora si te venís a hacer el mártir…

No se aguantó.

-Tato…-

-¿Qué…-

-Andá a la puta que te parió…- y se fue.

No le fue mejor con Susana: que si, que no, que esperá, que aguantá, que las urgencias….

-Pero Susana, hace rato que no tengo las changas  que me daban ustedes  y  las  bolsas de comida  no llegan siempre y…

-Bueno, che, algo es algo…-pareció  completarle.

Ni ganas de putearla tuvo.

Si la necesidad no tenía respuesta, menos la tendría la desesperación, que no impidió aceptara  llevar  a un lugar del conurbano que le iban a indicar una mercadería que le iba a dejar unos pesos para poder bancar los días que se venían.

Dejó el mate caliente al lado de la pava. Acarició  a cada uno de los pibes. Besó tiernamente a la patrona. El reloj arañaba  las cinco de la mañana…la misma  hora en que  tomaba el turno de fábrica pensó.

Se puso –otra vez- la  campera fabriquera desgastada. Abrió la puerta y sintió al frío más intenso que nunca.

Y, quizás  sin saberlo, él también salió a buscar una realidad que se había quedado sin certezas.

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