Relatos DesparejosLa Pibita (por Miguel A. Di Fino)

Miguel Di Fino21 septiembre, 2014

(Ficciones en una ciudad de la furia)....

Pibita

Recorrió por última vez, volante en mano, la calle de tierra del barrio.

Caminaba, casi cansino, mirando cada casa y otra y una casilla y una casita de paredes raídas de material, con ladrillo hueco a la vista colocado de canto, se le presentaba al frente.

Batió palmas por enésima vez en el día y desde una casa lindera le aplicaron: “¡Rajá de acá que somos radicales…!”. No dio bola. Volvió a batir palmas y desde el fondo del serpenteante caminito de ladrillo picado, una pibita de trece o catorce años, cargando un bebé a la cintura, se acercaba, confiada, a recibir el volante.

La tez morena, el cuerpito esmirriado y tenue, los pies descalzos y el vestido que parecía querer mentirle los años, ese día parecía más gastado que nunca, haciéndola más vulnerable que cualquier piba de su edad.

Y esos ojos marrones ayudando a dibujar la carita triste, vacía de esperanzas, llena de pobrezas…

Sintió vergüenza al entregarle el volante.

La miró irse, casi sonriente, como si llevara un juguete en la mano que siquiera le serviría para tal fin.

Guardó los volantes en el bolso, mal doblados, amontonados…

Una tristeza que dolía ocultaba su bronca, su hastío, sabiendo que esta vez, como en otras, no le cambiaría la vida a nadie.

Volvió en el colectivo y fue directamente al local partidario, devolvió los maltrechos volantes sin decir palabra. Nadie entendía qué le pasaba.

Devorando cuadras llegó a su casa, todavía pendiente del recuerdo recién vivido.

Llenó el termo. Ensilló el mate y acomodó la banqueta a la sombra, en un rincón entrañable del viejo patio.

Los ojitos marrones lo miraban, perforándole el alma y las patitas flacas se le acercaban a cada momento y lo arrastraban a un lugar que había perdido de vista, del que hacía tiempo no percibía distancias. No pudo clausurar el recuerdo y sabía que le resultaría duro dejar la militancia. Lo agarró la noche en el patio.

Cuando se fue a dormir y apagó el velador, la mesita de luz se empecinaba en devolverle una oscuridad cotidiana. Apenas cerró los ojos, no pudo evitar recordar una frase hecha: “Soñar no cuesta nada”. Se durmió.

Y tal vez comprobó que la noche no niega a nadie una realidad soñada.

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