Puro CuentoLa Violinista

Carlos Riedel15 septiembre, 2019

Por Pernando Gaztelu (Falsaria.com).... "La vida es la constante sorpresa de ver que existo". Rabindranath Tagore.

La violinista

Estaba escribiendo un cuento. Una historia normal, sencilla. La chica, violinista, menuda, tímida, morena, de cabello corto y nervios de acero estaba enamorada del director de orquesta, pero le gustaba darle celos con el fagot.

El director, con melena de león, cuerpo escultural e interior salvaje odiaba verla flirtear con otros. La hizo sufrir durante el concierto. Al terminar ella le rompía el violín por la cabeza y después de salir corriendo los dos terminaban matándose de amor en un rincón oscuro de algún monumento de cualquier ciudad.

Me quedé pensando en eso, en el erotismo de la escena, en las caras de los dos y en cómo gozaban con sus instrumentos, con sus manos, con sus tempos y sus silencios. Empecé de pronto a sentir mis manos, mi pecho, sangre corriendo por mis venas y esa pasión de la violinista sobre la batuta, del director dirigido, de esa esquina oscura de la ciudadela de Pamplona, donde los cañones, vibrando y estremeciéndose al ritmo de dos sombras que se hacían una y luego gemían, volvían a ser dos y hacían silencios de negra, de blanca, contratiempos, semifusas y allegro ma non troppo… Me fundí con ellos y vi la punta del cañón, las manos de la violinista me rozaron suavemente el cuello, luego el pecho, allí donde más me excita.

Levanté una de mis manos, la otra ya estaba empujando sus nalgas hacia mí. Me encontré con una melena que no tenía, me encontré una batuta en el bolsillo. Ella me agarró del cuello con fuerza y me llevó a hundirme en sus pechos. Eran como los había imaginado, turgentes, suaves, tan míos. La sentí gritar de placer cuando me aboqué a ellos. Oí una sonata, luego un vals. Comenzó a moverse como una loca, iba y venía con furia, con deseo. Nos estábamos matando de gusto y dolor pero no podíamos parar. Ella tenía mi batuta, mi cuerpo, mi mente. Me confesó que la que escribía el cuento era ella y no yo. Lo hizo susurrándome su locura por mí, mis celos, su amor… Cuando acabamos, se fue sin decir una palabra. Poco después encontré el regalo más hermoso que jamás me hayan hecho. Este cuento estaba en mi mesa.

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