Diario de un viajeroLos héroes solitarios

Sebastian Galarza29 junio, 2019

Hace algunos meses escribí una nota donde contaba que de finales felices me creo lo justo, y que la última varita mágica que vi la tenía clavada en el culo un hada madrina a la que violaron en el sur de México, en 2012.

Ella buscaba migrar al norte desde su Guatemala natal, y soñaba con alcanzar las luces de Brownsville o San Diego, pero en vez de eso murió asesinada, sobre el polvo y en la miseria de aquella frontera perdida en Ciudad Hidalgo, peleando a dentelladas y arañazos, rodeada por las risotadas de sus verdugos y con la valentía que caracteriza a los guerreros anónimos.

Los hijos de puta que la secuestraron lo hicieron en grupo, naturalmente, pero a pesar de saberse en peligro, ella viajaba sola y sin miedo aparente y sin retaguardia que la proteja.

Se llamaba Marcela y era una loba individualista y por eso, a pesar de haber muerto, se salvó. No sé si me explico.

Recordar su muerte me viene perfecto para abrir el asunto sobre el que quiero escribir hoy; la importancia de ver la vida con la certeza de nuestra propia soledad, evitando así las muchedumbres y las manadas innecesarias. Porque, como quien dice, llegamos solos al mundo y nos vamos solos casi siempre. Es que así son las cosas, compadre, por más que muchos cantamañanas intenten venderte lo contrario.

Yo creo que el héroe de verdad siempre opera desde el silencio y la soledad y, por más que a veces termine al borde de la muerte, casi nunca grita y rara vez se deja ver. Desconfío mucho de aquellos que se jactan de benefactores. Por eso las causas generales no me interesan. Por eso se que las grandes aventuras colectivas, la mentirosa solidaridad, los miles de encendedores al viento en una noche de concierto, las ridículas pancartas con buenas intenciones, la barricada proselitista, el histérico griterío futbolero, la vieja utopía del "juntos podemos" y toda esa parafernalia se fue a la mierda hace mucho tiempo. Al menos para mí.

Vivimos en un mundo hostil y lleno de peligro. Como siempre ha sido en realidad. Un enorme campo minado en donde un paso en falso te hará volar en pedazos por los aires, sin avisarte y sin pedir permiso. De allí la importancia vital de estar preparado, lúcido, o al menos consciente de donde estamos pisando.

Hace tiempo dejé de creer en las instituciones y siempre sentí antipatía por las campañas y los proselitismos; siempre me ha desagradado la gente que no se conforma con tener una opinión y obrar en consecuencia, sino que necesita atraer a su causa a otros, verse arropada por las masas más manipulables y gregarias y deseosas de infectarse; la que organiza castigos colectivos, difamación y linchamientos verbales. La que ansía "dar su merecido" a quien le lleva la contra o emite un parecer que la fastidia.

Porque, oigan, una cosa es reclamar, otra pelear, y otra ser parte de un rebaño imbécil que grita necedades. A ver si nos entendemos.

Quienes sentimos aversión hacia el “muchos contra uno”, somos unos raros, una especie en vías de extinción. No solo ocurre en la Argentina (país donde nací y donde el asunto es folklore cotidiano), sino en el mundo entero, sobre todo desde que se descubrió el mejor instrumento de propaganda e intoxicación que ha existido nunca; las redes sociales. Entonces, desde esa trinchera calentita y confortable, tras la pantalla del ordenador o del teléfono, la jauría cobarde se dedica sin cesar, y en masa, a escarmentar desproporcionadamente a los individuos que caen en desgracia por el motivo que sea, o que no se someten a la creencia "blindada" y sacrosanta de hoy: lo "políticamente correcto". Esto último lo sé de primera mano porque lo he vivido. Nadie me lo contó. Pude comprobarlo y compararlo.

Estuve varias veces en zonas de conflicto donde la vida valía una mierda, como en México, El Salvador, Nicaragua o lugares así, y además porque vengo de un país que es una nación singular, donde su más relevante escritor (Borges) se declaró irónicamente "inglés" y terminó muriendo, por elección, en el extranjero, o donde su máximo héroe (San Martín) falleció en el ostracismo de Boulogne, y se extinguió oscuramente en aquel pueblito francés, amargado, mirando de lejos una patria ingrata y miserable a la que le daba miedo regresar. Aquel mismo lugar donde las crisis económicas hunden una y otra vez a los argentinos en la pobreza (y al referir pobreza no hago alusión solamente a lo económico, sino más bien a la miseria moral producto de una violencia visceral, desmedida y sin sentido común).

La Argentina padece un mal singular que en otras partes de América Latina da la impresión de haberse superado pero que allí parece incurable: una incapacidad crónica, genética, cultural, existencial para reconocer errores y trascender las disputas partidarias, ideológicas y provinciales.

Estas referencias de Argentina las utilizo solamente como anécdotas generales para arribar al punto que en verdad me interesa.

El ser humano se salva solo, y cualquier causa o puesta en común termina envilecida y corrompida por los mismos de siempre; farsantes, demagogos e ignorantes. A menudo esa chusma infame que en mi país, por ejemplo, responde al nombre colectivo de clase política.

Por eso y por otras cosas no creo en la humanidad y mis héroes son claramente individualistas. Hombres y mujeres que intentan superarse en silencio, que leen libros viejos tratando de comprender el presente con las letras del pasado. Gente que viaja sola y no en plan de alegre turista, sino en busca de un porvenir mejor sin mirar atrás.

Despojos humanos colgados de trenes de carga rumbo al norte, con la esperanza brillando en los ojos, de que un día renacerá de esa desgracia un hombre nuevo. Hombres cargando mochilas pequeñas que portan dentro lo único que poseen en la vida. O aquellos individuos que evitan la muchedumbre y que, en las noches cuando se confunde fútbol con nacionalismo, apagan la tele y leen a Borges, a Onetti o a José Hernández.

Esos son mis héroes y heroínas en un mundo que se tambalea. Creo que tiene que ver más con una cuestión de dignidad, de elegancia o de gallardía.

Quién sabe.

En esto andaba pensando y decidí escribirlo. Porque, oigan, después de todo, en esta era de analfabetos virtuales cada uno es dueño de hacer o decir lo que se le antoje, y más desde la impunidad de las redes sociales. Así que aquí me tienen, dándole a la tecla.

Como les decía. Más allá de lo que podamos opinar ustedes o yo, me anduvo rondando por la cabeza el recuerdo de esa chica guatemalteca reventada en aquel vertedero inmundo de Ciudad Hidalgo, con las manos cruzadas atrás y atadas con alambre.

Venimos solos y nos vamos solos. Y eso si que es lapidario.

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