Diario de un viajeroEl Árbol de la Montaña

Sebastian Galarza12 enero, 2020

(Una zona rural de la provincia de Guipúzcoa. País Vasco). NOTA DEL AUTOR: Un viaje al norte de España ha despertado la inquietud de este cronista, por investigar el origen de su apellido. Las notas que a continuación se leen, han seguido la pista de ese vocablo, remontándose exclusivamente a él y no a su descendencia de sangre. El objetivo será pues reproducir lugares y retratar a las gentes que habitan esas tierras, como así también evitar el vicio heráldico o de la noble procedencia. El lector podrá entonces interpretar el resto como una intriga novelesca, o como un simple juicio personal de términos geográficos y psicológicos del autor.

País Vasco

Yo no tenía ni edad cuando nací un día bajo el nombre de Sebastian, en la región nordeste de las vastas planicies del sur, en aquella hermosa patria llamada Argentina que conforma las costas australes del Atlántico.

Una antigua voz cuenta que heredé la estirpe de pastores y marinos nortumbrios, que provienen de unas altas comarcas del norte de España, donde los Pirineos caen en punta hacia la frontera francesa, y se pierden en el mar.

Esa vieja voz relata que mis antepasados fueron habitantes de unas tierras próximas al Mar Cantábrico, y que murieron enrolados en las legiones romanas que combatían en Britania, cazando ballenas o escoltando naves de piratas que zarpaban desde San Sebastián, hacia la conquista del mundo nuevo.

Formaban tripulaciones de un hombre de mar por cada dos hombres de guerra, y protegían los navíos corsarios de los ataques portugueses, en su lenta derrota por el océano, hasta las cercanías de las costas africanas.

Mi abuelo paterno fue un hombre mediano y delgado, pero de músculos tensos y brazos resistentes como raíces de árbol. En tiempos de paz solía ser un tenaz labrador agrícola, y un buen soldado de infantería en los tiempos de la guerra, en el Paraguay.

El nunca supo de donde provenía su apellido, o si su origen seguía el linaje de aquellos antiguos, pero combatió en las cercanías de Nanawa y se destacó durante el sitio de los fortines, en 1934. Murió años después alucinando pesadillas.

En cuanto a mí, he servido durante 11 años en la Infantería de Marina, donde adquirí el gusto por los lejanos horizontes de ultramar, y por el exotismo de las geografías distantes.

Ahora solo soy un nómada del mundo que juega a ser cronista, sin más virtudes que la pasión por la aventura, y la certeza de mi coraje.

Quienes sepan leerme compartirán conmigo este relato, donde narraré con palabras simples el derrotero de un viaje a través del corazón de un pueblo primitivo. Será un pequeño relato acerca de los vascos, mis antiguos bienhechores.

Y, modificando la frase de Borges, tal vez ahora sea esta una crónica breve y trivial, pero pretende ser para el futuro un legado de familia, para aquellas generaciones que me continúen y que lleven apellidos fundados en esas comarcas, aquellos que forjarán el porvenir, cuando se encuentren en las diversas diásporas del mundo, alejados como yo de la tierra paternal.

La suerte del destino o los azares de la vida me habían llevado hasta allí, a esa montañosa geografía del norte español donde, según dicen, fue el sitio específico en el cual se pronunció por primera vez la palabra “Galarza”, como apellido formal. Era una tierra lejana pero a la vez muy cercana a mi pasado.

UN PUEBLITO OLVIDADO DE EUSKAL HERRÍA

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El bus subió colina arriba, dejó atrás unas casas viejas envueltas en la neblina, y un lecho de río que brillaba desde lejos en lo profundo de una hondonada. Al salir de Mondragón, el vehículo volvió a girar por el camino conocido, e ingresó luego en un valle bordeado de montañas agrestes y de picos oscuros.

Desde la carretera, toda la tierra vasca parecía muy rica, verde y fértil, y los pueblitos que la salpicaban tenían casas construidas con una mezcla de piedra y madera, con vigas cruzadas y ennegracidas por la humedad.

En las puntas de algunas casas habían cruces con trapos negros o rojos atados a ellas, y banderas del país que flameaban con los colores característicos de la “Ikurriña”: una cruz blanca al medio con una “X” verde que la atraviesa por detrás, sobre el paño rojo que la contiene.

El cielo estaba demacrado y gris y amenazaba lluvia, y la imagen que formaba ese conjunto con todas aquellas cruces y trapos negros colgando de las casas, daba a las aldeas un carácter deprimido, sombrío y trágico.

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En esos pueblos vascos del interior nunca vi flamear la bandera española, y entonces supe que aquellas gentes eran solamente fieles a su pequeña patria Euskadi, y que llevaban arraigado el amor al hogar como una de sus cualidades más excelsas. Pero, a pesar del gusto por sus campos y sus caseríos, les atraía también el anhelo de aventura, que ha forjado el alma universalista de los descubridores, de los marinos y misioneros nacidos en esa tierra, igual que aquel antiguo soldado transformado luego en religioso, llamado Ignacio de Loyola.

Allí supe que en realidad los vascos son antimilitaristas, pero que llevan dormido en su interior a un guerrillero, porque son montaraces, y están dispuestos a defender con furia su terruño, cuando sienten que les disputan las convicciones que llevan incrustadas. Me lo contó un viejo encallecido que caminaba despacio, y que apoyaba el cuerpo en un bastón de madera blanca.

Justo antes de llegar había a la derecha una colina suave con cultivos marrones, y otras casas sembradas aquí y allá de manera aislada, con un campo de flores salvajes agitadas por el viento. Cruzamos bajo un alto puente, y por fin ingresamos en Aretxabaleta.

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Las montañas dominaban las cuatro puntas de aquel pueblo, y el ganado vacuno con cencerro al pescuezo dormía al otro lado de un charco de barro. Yo buscaba las raíces o las marcas de mi clan, y había escuchado que existía por allí un lugar que llevaba el mismo nombre que mi apellido.

Aretxabaleta es un pueblo de la provincia de Guipúzcoa, en el centro del País Vasco.

Modesto y pequeño, destila una fuerte personalidad y está ubicado a unos 80 km al sur de San Sebastián, al pie de un valle y detrás de unas colinas en donde pastan los burros.

El nombre del poblado está escrito en un cartel que marca la entrada, y significa “lugar de árboles anchos”. Debe ser así, porque casi todos los árboles viejos de los bosques que la circundan, no podrían ser abarcados por el abrazo de un solo hombre. En efecto, son muy anchos.

Los turistas no van a Aretxabaleta, porque no es capital de provincia, y porque está escondida del gentío y no tiene mar, ni playa, ni nada.

Es un pueblo ínfimo, con una plaza blanca frente a la sede del gobierno donde los mocosos juegan a la pelota, una ikurriña que flamea al viento y una iglesia de color pardo estilo catedral con una torre y dos campanas antiguas.

Está circundada por unas casas viejas donde viven las familias, una escuela y un mercado en donde comprar provisiones.

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Detrás de aquella cúpula de iglesia que recortaba su silueta contra el cielo, se divisaba la altiplanicie del campo, y un poco más allá las escarpadas montañas que se confundían entre las nubes bajas.

Pregunté a unos hombres que bebían en una taberna, sobre la dirección del pequeño caserío que buscaba, y me indicaron que tenía que salir de Aretxabaleta tomando el camino que subía por los montes.

La taberna tenía el aspecto de aquellos sitios en donde los domingos y luego de la comida, se reúnen los vecinos de la calle junto a los campesinos a hablar, a discutir o emborracharse.

Enseguida salimos del pueblo rumbo a aquella montaña, que desde abajo se veía oscura y distante. Los viejos de la taberna me habían dicho que el lugar que yo buscaba se llamaba “Anteiglesia de Galartza”, y que allí había una vieja casona de piedra que me gustaría mucho ver.

Por todo el País vasco existen barrios rurales ubicados en las afueras de los pueblos, que antiguamente eran llamados anteiglesias. Son aldeas que quedaron adscritas a las principales localidades de los municipios, y que a lo largo de la historia han mantenido una fuerte personalidad propia.

Hoy se han convertido en pequeños barrios rurales, donde todavía se mantiene la fuerte tradición de asistir a la parroquia local, desdeñando cualquier otro templo de los alrededores donde profesar la fe. De esa manera, la mayor parte de los municipios tradicionales que conforman las provincias del País Vasco, son territorios de las anteiglesias.

Un caserío en el horizonte (o la comarca de Galartza-Aretxabaleta, País Vasco).

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Caminamos 2 km por una carretera empinada, con curvas cerradas que se adentraban y se perdían entre los bosques de pino. Estaba un poco nublado y se sentía el calor, y entonces vi un cartel blanco con una inscripción: “1,5 GALARTZA”. Estábamos en el lugar.

Desde el camino de piedra, Galartza aparecía en la campiña como un conjunto de casas viejas y apretadas, sinuosas e inclinadas, con techos de tejas rojas y torcidas, y paredes mugrientas teñidas por el tiempo. Era aquel un lugar muy pequeño, y en realidad se trataba solamente de una de las siete anteiglesias de Aretxabaleta.

Era un barrio rural, o simplemente una agrupación de pocas casas próximas a la iglesia de la Santa Lucía. Como máximo había cuatro casas, lo bastante aisladas unas de otras en el valle, como para que sus habitantes respondieran soltando alegres gritos contra las voces lejanas de los pastores, y de los campesinos que labraban la tierra de los alrededores.

Desde el camino veíamos las casas, con sus galerías de madera negra y sus huertos de verdura y la ropa de aquella gente puesta a secar al sol.

El valle estaba sembrado por bosquecillos de hayas, y por suaves alturas verdes, marrones y azules. Seguimos trepando por aquella carretera de piedra, y de pronto nos encontramos con la agradable monotonía de un paisaje forestal, donde el monte era agreste y el panorama rural tenía un aire romántico.

La campiña melancólica se dibujaba en un horizonte ondulado de serranías, mientras yo sentía encenderse en mi interior el gusto por lo pintoresco. Era principios de mayo, y la primavera había llegado con toda su tibieza, y los arbustos florecían y mezclaban sus olores perfumados.

Recobré entonces los aromas de mi infancia: aquel olor a pino mojado y a madera podrida de los montes, a árboles y flores salvajes, el crujir de ramas, el rumor de pequeños arroyuelos que se vierten en hilos de agua, un piar rezongón, y el martilleo sonoro de un pájaro carpintero que hurgaba en un tronco viejo.

En un instante la carretera subió por una pequeña elevación del terreno y allí apareció de pronto, a la derecha del camino, la imagen de una casa de piedra desplegando toda su naturaleza violenta y orgullosa.

Era una construcción fortificada de origen medieval, y estaba pegada a una iglesia vieja con una torre cuadrada.

En la torre de la casa se divisaba altivo, sobre una de las ventanas del portal, el escudo primitivo de los fundadores.

Se veían esculpidos en él un oso rampante y un roble seco. Entonces recordé que en el lenguaje heráldico el oso indica fiereza, o encarnizamiento con los enemigos; y el roble resistencia, o venerable antigüedad.

Me quedé parado un momento frente a aquella casona, admirando su construcción de piedra robusta y añeja, y sentí como el silencio y la oscuridad interior que la inundaban, me invitaban a una especie de oración personal, íntima, aunque sin caer en la liturgia religiosa.

Me conmoví levemente y sentí de nuevo el suave temblor de las piernas, porque de pronto me encontré allí parado frente a la misteriosa historia de un pasado fabuloso, y desconocido.

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Era la Casa-Torre de Galartza-Aretxabaleta, de la cual toma su nombre aquella comarca o anteiglesia. Y era para mí un sitio emocionante, porque ahí se pronunció por primera vez y hace siglos la palabra Galartza, dándole forma al apellido actual. Esa expresión indicaba la pertenencia de un grupo de individuos, al clan primitivo de esta familia.

Ubicada en lo alto del valle de Leniz, en las faldas del monte Murugain, la fortaleza nos acerca a los tiempos en que las luchas entre los diferentes linajes, marcaban el día a día de los habitantes de la zona.

Es una casa construida en el oscuro siglo XIV, y todavía conserva su antigua gallardía, porque impresiona su posición dominante sobre todo el valle.

Su primer señor fue un hombre llamado Gonzalo López de Galartza, que perdió a sus tres hijos en las luchas que sostuvo contra Don Pedro de Garay, Conde de Oñate, señor del Valle de Leniz y enemigo de los Galarza.

Noté que el árbol del escudo estaba seco, y entonces supe porqué mi apellido significa en lengua euskera: “lugar de leños muertos”. Es que aquella gente fundadora no era de origen noble, sino que representaba a unas familias campesinas pobres que luchaban por su libertad frente al asedio del poder feudal. Ese árbol seco era un mensaje de lucha.

Cuenta la historia que Gonzalo López de Galartza fue hombre tosco y aguerrido, de manos curtidas por la faena rural y la piel agrietada como la corteza de un viejo encino. En 1374, y cuando tuvo conocimiento de la muerte de sus tres hijos en la batalla por la defensa del valle, exclamó con vengativa satisfacción: “Si Pedro de Garibay ha muerto, pues bien muertos están mis hijos”.

Allí me quedé parado durante un largo rato, sobre aquellas piedras castigadas por el sol, y entonces pensé en que la gente de ese lugar podría parecerse también a la soledad de esas montañas y de los otros caseríos diseminados y aislados que conformaban aquel paisaje. Y pensé también en que toda esa situación geográfica ha creado la fisonomía austera y apacible de ese pueblo, porque ellos tienen la serenidad del montañés, sin que el sentido de su soledad sea antisocial.

Me identifiqué con ellos, porque esos marineros que había visto más arriba allá en los puertos, y aquellos hombres rústicos que bebían en las tabernas, tenían el hambre abundante de la gente que vive al aire libre, y en la profundidad de sus corazones gustaban más de la vida de campo que de la ciudad. Sentí ese espíritu alegre y contagioso de libertad que ha forjado en ellos una autonomía de soledad universalista, y que ha producido para el mundo uno de los tipos más interesantes de individuo: el aventurero.

Todos esos montes y serranías eran testigos mudos de una topografía primitiva y salvaje, y la belleza violenta de esas regiones inhóspitas me golpeaba los ojos, y me hacía sentir infinitamente pequeño.
Allí, parado en lo alto de aquel valle vasco, descubrí todo el misterio que encerraba ese viejo caserío, y las antiguas raíces de esta noble marca que llevo por apellido.

CAMPESINOS DE LA TIERRA

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El paisaje era agreste, de una hermosa agresividad. A lo lejos y hasta el infinito, se dibujaban las manchas verdes, amarillas y pardas de los cultivos. Ese día de mayo, las laderas de todas las montañas derrochaban fertilidad, bajo aquel cielo color de plomo.

Tropecé con un alambre que atravesaba el camino polvoriento, siempre en ascenso, y escuché el eco lejano de unos tractores que crujían en la carretera, a varios kilómetros del valle.

Se oía el rumor del viento cuando ululaba entre los árboles, parecido al sonido urgente de las sirenas de bombardeo. Unos perros ladraron a modo de bienvenida, y el ganado pastaba entre los zumbidos de un enjambre de insectos.

Llegamos al portal ovalado de una casa de piedra y golpeé la puerta de madera que estaba entreabierta. Por un momento no contestó nadie, pero al rato de insistir se escucharon unas botas golpeando el suelo.

Atendió una mujer baja y gruesa de pelo corto preguntando que queríamos. Parecía sorprendida de ver forasteros en esa zona. Me presenté estirándole la mano y le dije que venía desde lejos, y que estaba investigando las raíces de mi apellido. Nos invitó a tomar café y nos hizo entrar en la casa.

La casa era oscura, de techo muy alto y a dos aguas similares a las cabañas suizas, pero en vez de madera ésta era de piedra, y en su interior había desparramadas herramientas de labranza: unas altas botas de lluvia, discos de acero para arar la tierra, hoces con largos cabos para segar maleza, sillas de montar y arneses para caballos. Entramos.

La cocina estaba solamente iluminada por el resplandor natural del sol que se filtraba por dos ventanas, y tenía un fogón de esos viejos que son de hierro, con cuatro hornallas y un mango de bronce para abrir la caldera. Sobre ella flotaba una campana grande para evacuar el humo. Detrás del fogón de hierro había una pared con azulejos de cuadros azules.

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Expliqué a la mujer gruesa que me interesaba saber si en aquel paraje existían otras personas que llevaran el apellido de la anteiglesia, pero me dijo que los pocos que quedaban ya se habían muerto de viejos, o habían emigrado a otras tierras diferentes. Entonces llegó el resto de la familia.

El señor Juan Murgiondo era el líder de aquel grupo. Un hombre alto, pesado, de pelo gris y ojos azules, con el cuello ancho y las manos fuertes típicas de los labradores de la tierra. Prácticamente hablaba solo en euskera, aunque tenía la amabilidad de hacerlo en español con los pocos forasteros que llamaban a su puerta.

Luego vino Miren, una chica joven y de aspecto fresco, que tenía los mismos ojos que su padre, de un color azul transparente, como si fueran gotas de agua de cascada.

Tomamos café y comimos un pan amasado por ellos mismos, y en un primer momento charlamos acerca de las estupideces que charla la gente cuando apenas se está conociendo: el tiempo, los lugares comunes de la geografía, el buen gusto del café y lo linda que era la casa. Pero a medida que transcurría el tiempo se iba soltando la lengua y fluía la conversación.

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Luego charlamos de la economía, y de lo difícil que estaba la cosa para familias como ellos, y de que era muy jodida esa lucha por continuar la actividad agrícola, con tanta industria y tanto monopolio manejando los destinos de las granjas.

Entramos en confianza, y charlamos acerca de los vascos y de la política, y de la gente común que es muda y desconocida, y entonces llegó Aitor, el hijo de Juan, y me dijo que “en Euskadi hay pocos sabios pero muchos cuerdos, porque llevamos en la cabeza ese ligero toque de la chifladura, que es la sal de la cordura”. Se rió y nos reímos todos, mientras servía un vino tradicional al que llaman “txacolí”.

Su aspecto era joven y su piel tostada, y tenía la mirada dura pero el gesto amable de brindar ayuda a los forasteros, igual que su padre. De un largo trago bebió con gusto, para mirar luego en silencio el culo vacío de su vaso.

Nos despedimos de aquella gente amable luego de un par de horas, porque nosotros teníamos que regresar y ellos tenían que terminar de cocer el pan, y mientras nos íbamos observamos cómo se acomodaban los animales en los bajos de la casa, junto al forraje.

Porque en el País Vasco se acostumbra así: el ganado duerme abajo y la gente arriba, para controlar la hacienda y aprovechar el calor de los animales en el invierno.

Es una tradición milenaria, tan vieja como la lengua euskera, las ganas de ver el mundo o el gusto por la aventura.

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