Diario de un viajeroCrónica desde la ruta de la muerte…

Sebastian Galarza30 noviembre, 2019

El sol cae como plomo sobre mi cabeza. Bajo el rutinario andar de la ciudad, (tránsito alocado, bocinas que suenan, escarabajos volkwagen), una guerra se libra en esta parte candente del planeta.

Por Sebastián Galarza desde Jalisco, en el oeste mexicano.

Estoy transitando por una de las rutas más peligrosas del mundo.

Este es el oeste mexicano, ruta de paso y flujo constante de personas, mafias, drogas y migrantes ilegales centroamericanos rumbo al norte, rumbo a un difuso "sueño americano".

La sociedad vive en jaque, víctimas que adolecen de una grave enfermedad regional latinoamericana llamada impunidad.

Pueblos y ciudades cercadas por patrullas militares, hombres anónimos de rostros tapados con verdugos negros ostentan armamento poderoso.

La guerra convive a diario con el pueblo.

Viajando por las carreteras o las calles, el visitante observa el paso de camionetas y vehículos cargados de soldados y policías, que apuntan al asfalto con sus M16.

Camino de las playas, esos hermosos paraísos bañados por el sol y por la mar, los retenes militares cortan el paso con infantes de marina dispuestos a abrir fuego, ante una mala o inesperada maniobra de un conductor desprevenido.

Cintas con municiones de ametralladora, cuelgan de los techos de los camiones grises de la Marina.

El lugar podría ser confundido con alguna región del Medio Oriente, Bagdad o Kabul no tendrían nada que envidiar.

Los cartuchos de 7,62 milímetros brillan bajo el sol, bailando en la brisa.

El cronista camina por los barrios.

Lejos de los monumentos y las plazas floridas, lejos de la imponente catedral y de los templos construidos por el legado español, lejos de esas piedras mudas que hablan y cuentas historias, existe un mundo real y de relatos terribles.

Son historias anónimas, silenciadas bajo un manto de abandono, condenadas al olvido.

Oscar Antúnez Rivas, hondureño de Tegucigalpa, cuenta su historia. Esta es la vida real.

De su espalda, flaca como los coyotes del desierto, cuelga una esmirriada mochila con lo poco que le queda.

El viaja rumbo al norte, colgado como los otros de los techos de un tren de carga. Un viaje peligroso y ocasionalmente mortal.

Oscar ya perdió un hermano en uno de estos aventurados viajes. "Unos maras les robaron el dinero que tenían, para pagar al coyote y poder cruzar el Rio Bravo. A su mujer la violaron y la tiraron del tren. A mi hermano lo liquidaron con machetes"...

Secuestros, robos y asesinatos, una moneda muy común en esta parte del mundo. Pesos mexicanos y dólares yankis por armas y cocaína, libertades exterminadas persiguiendo un sueño: Estados Unidos.

El organismo nacional de derechos humanos de México revela, que en los cuatro estados más septentrionales de este país es donde más se da el delito del secuestro y la extorsión, y que más de la mitad de los casos se producen en el tendido ferroviario; sólo los estados de Veracruz y Tabasco registran más de la mitad de todos los plagios producidos en todo el territorio mexicano.

En los secuestros, las personas se ven sometidas a torturas y vejaciones de todo tipo con el objetivo de obtener información sobre sus familiares, para que envíen dinero por su rescate. También son habituales los abusos sexuales, así como el reclutamiento de personas que no pueden pagar sus rescates y de jóvenes para integrarlos a la red delictiva, o para otros objetivos, como la trata de personas y el tráfico de órganos. El informe señala que la impunidad es la nota predominante en estos casos.

Caminando por las vías, el cronista escucha conversaciones de miedo y misterio. Los carteles acechan a la vera del camino.

El cartel de los Zetas, una de las organizaciones de narcotráfico más violentas de América Latina, controla las rutas y las bandas del tráfico de indocumentados en el sureste de México y la frontera de Tamaulipas con Estados Unidos desde al menos hace 10 años.

Según fuentes oficiales, este cartel se formó a partir de un grupo de militares que desertaron del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE), de la Brigada de Fusileros Paracaidistas (BFP) del Ejército Mexicano y del Grupo Anfibio de Fuerzas Especiales (GANFE) de la Marina de Guerra Mexicana.

Fundados en 1994 con motivo del levantamiento zapatista de Chiapas y únicos grupos antiguos de élite, entrenados por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), comandos de asesoría militar de la Sayeret Matkal, en hebreo  סיירת מטכ"ל, que es la unidad de elite de las fuerzas de defensa de Israel y de la GIGN francesa. Por tanto, estos individuos cuentan con un altísimo entrenamiento de elite que incluyó manejo de armas sofisticadas y trabajo de contrainsurgencia.

Los Zetas visten de negro, usan vehículos blindados y están conformados por pandillas reclutadas y suficientemente armadas a lo largo de por lo menos siete estados de México para traficar con drogas y personas.

Dicha red de tráfico de seres humanos está muy bien organizada y articulada (vendedores de tacos y taxistas que vigilan, alcaldes, gobernadores y diputados, migrantes reclutados y obligados a delinquir para ellos), desde el traslado y ocultamiento de grupos de extranjeros sin documentos, hasta la estancia legal en el país, para lo cual los migrantes pagan entre 3 y 5 mil dólares en su intento por llegar a los Estados Unidos.

Sin embargo, al final los indocumentados son extorsionados o asesinados si no cooperan.

Al respecto, existen antecedentes de una matanza de Tamaulipas, en donde se analiza la versión oficial, deja muchos huecos informativos sospechosos.

La organización delictiva se asume como una empresa.

En algunos puntos de la ruta del sur o ruta del migrante, personas humanitarias prestan su ayuda a los desvalidos 'sin papeles' y los auxilian en el recorrido que les cuesta la vida.

Diversos grupos humanitarios socorren de distintos modos a los inmigrantes; regalan comida a los que viajan en el tren, tales como las patronas o les brindan albergue para que puedan dormir, bañarse, saciar el hambre y resguardarse de los espantosos abusos sufridos en su camino hacia el norte.

Desde norteamericanos que trabajan para impedir más muertes de inmigrantes mexicanos en la frontera, hasta mujeres latinoamericanas que ayudan a los amputados por las ruedas del tren, tal como Olga Sánchez, oriunda de Colombia.

El desierto es tierra de nadie. Viento y desolación azotan el páramo desprovisto de sombras, y de vida.

En un camino rural, al costado de un cactus ralo, espera Francisco, oriundo de Tijuana. El se gana la vida trabajando de “coyote”.

Los “coyotes” y "burreros", son personas contratadas para trasladar droga y seres humanos de un lugar a otro de la frontera  norte.

Dejan señales en el camino que permiten a los migrantes orientarse por el desierto en mitad de la noche; otros 'coyotes' abandonan a su suerte a los indocumentados, en pleno desierto.

Las migraciones siempre han existido y siempre existirán...

El viaje a la frontera exige mucho más que una gran fortaleza para la supervivencia.

Ilusiones, suerte, inteligencia, miedo, instinto, muerte, dinero y más dinero es el equipaje que lleva a cuestas el inmigrante latinoamericano cuyo deseo principal es paliar gracias al 'sueño americano' sus niveles de desesperanza y pobreza.

La ruta del migrante del sur es un universo paralelo gobernado por la corrupción, la esperanza, la inocencia, la solidaridad y la maldad sin límites de políticos y militares corruptos.

Leave a Reply

Your email address will not be published.

x