DestacadosPuro CuentoZárate rebelde (Entre Villa Massoni, Marx y Rancière)... Jarrones de familia (solo un cuento)

Carlos Riedel16 febrero, 2020

Por Profe Adriana Raquel Musumeci...

Conocí a Rosario cuando, a mi vuelta de Alemania, retomé los estudios secundarios en el Colegio Nacional de Zárate, donde ella concurría.

Yo, que vengo de un ambiente en el que la belleza de la mujer es una posesión indispensable para la familia, reparé de inmediato en su postura corporal: la espalda encorvada –diría agobiada- y en su mirada triste.

Que era una alumna con muy buenas calificaciones era casi lo único que sabía de ella.

Nos hicimos amigas a partir de una mañana que la encontré llorando en el baño del Colegio.

Lloraba por una chica que nuestros compañeros habían sometido, cruelmente, a una humillación pública.

Para mí fue un consuelo encontrar un alma sensible y una mentalidad libre, en aquel medio que me resultaba hostil y prejuicioso.

Había dejado mis afectos demasiado lejos y me vi obligada a integrarme a una juventud totalmente distinta a la que había conocido durante mi estadía en el exterior.

Mis condiscípulos se reían, sin mucho disimulo, de mi ropa, de mi peinado y hasta de un hermoso reloj que, por aquella época, dejé de usar.

Ella se acercó con sencillez, sin envidia por una vida que los demás consideraban demasiado afortunada.

Pero, a pesar de todo, mantenía algo muy hondo de sí misma, inaccesible para mí… Y yo me sentía inerme ante eso.

Nos separamos cuando me fui a vivir a Córdoba, para comenzar mis estudios universitarios.

Al poco tiempo dejamos de escribirnos, pero siempre presentí que nuestras vidas irían por caminos semejantes.

Ahora vivo en Buenos Aires. No había tenido noticias de ella hasta que el martes pasado recibí una carta en la casa de mis padres en Vicente López, que todavía es la mía.

En ella me decía, sin ningún comentario previo, que hacía mucho tiempo –no podía calcular cuánto-, se había tragado un objeto.

Según sus asociaciones, era un pequeño florero que su madre había cuidado con esmero (chirlos en las manitos que se estiraban para agarrarlo, o llamados de atención que paralizaban la aventura de transgredir aquel orden).

La carta era como una confesión interrumpida la tarde anterior.

Mencionó que el florero se había usado solo para poner jacintos delante del retrato del abuelo paterno, todos los nueve de octubre, en el aniversario de su muerte.

Después que se lo hubo tragado, provocando un escándalo familiar ante la enigmática desaparición, el objeto (así llamaba al florero) permaneció, inmóvil, adosado a la parte interna de su obligo.

En esas condiciones, solo le molestaba al ducharse o al querer sacar alguna pelusa de las camisetas de frisa, que estaba obligada a usar en invierno.

Me contaba también que, después de su primera relación sexual (de la que desconozco detalles), el objeto deambuló por distintos lugares de su cuerpo. Incluso le atribuía el origen de espasmos bronquiales, que la castigaban desde los dieciocho años.

Pero ella estaba preocupada, y lo señalo en la carta, porque comenzó a sentir que el objeto está alojado en su garganta y puja por salir.

Sin pedirme ayuda, me confió que estaba aterrorizada por lo que pudiera pasarle si el objeto lograba su cometido.

La carta no tenía remitente.

Rápidamente decidí no buscar una respuesta, sino encontrar a mi vieja amiga.

Ese mismo día, a través de una conocida en común, a la que le oculté mis motivaciones, averigüé la dirección de la casa de sus suegros, en Banfield.

Con la carta y una tenebrosa inquietud en mi corazón, fui en su busca.

Hacía mucho calor. Los vecinos me informaron que los padres de su esposo habían muerto, pero me indicaron como llegar hasta el lugar donde estaba viviendo.

El mediodía, amenazante de lluvia, me encontró sentada en un living oscuro, fresco y extremadamente pulcro.

No podría describir la situación de ese hombre que la había amado y ahora cuidaba de sus hijos, conservando intacta la imagen de su esposa.

Me dijo que se había ido. Le mostré la carta. Él la había dejado partir sin preguntarle nada. Aseguró que eso era lo que ella necesitaba. Estaba dispuesto a esperar.

Los últimos días, entre llantos desgarradores, le había hablado del objeto y de los saltos al vacio, que eran una constante en su vida.

Le nombraba, casi con incoherencia, un montón de libros que, le decía, contaban su historia.

Asociamos los detalles más pequeños que conocíamos de su vida.

Hacía años ella me había hablado de la muerte como una acción implacable de la naturaleza, que transforma las contradicciones del espíritu en simple y predecible degradación biológica.

Creo que en ese momento, para mi tranquilidad, le resté importancia a esas palabras, aunque no olvidé ninguna.

Ella era presa de infinitas contradicciones del espíritu.

Su esposo también conocía aquella definición. Seguramente la muerte seguía asociada para ella con la serenidad. Su esfuerzo por aferrarse a las pasiones de la vida nos conmovió.

Acordamos que yo la buscaría. En la carta, cuya limpieza transmitía toda su desesperación, me lo pedía, como siempre, sin palabras.

Cuando llegaron los chicos de la escuela nos despedimos, disimulando nuestra tristeza.

Anduve por la ciudad pensando qué hacer. Cené en Retiro. Al llegar a mi casa, lloré abrazada a mi madre hasta quedarme dormida.

Por la mañana avisé a mi estudio que no iría por una semana.

Viajé a Zarate en tren, como lo hacíamos juntas. Tenía la esperanza de encontrarla en la casa de sus padres.

Después de tanto tiempo, el pueblo estaba igual. Toque timbre en su casa. Me atendió el padre. Me reconoció y me miró con desconfianza. Pasamos al patio donde estaba cortando racimos de uva de la parra que lo cubre. Conversamos parados. Sin dejar las tijeras, me contó que su esposa había muerto y que fue en el velatorio una de las últimas veces que había visto a su hija. Pensaba que, si no le había escrito o llamado por teléfono, era porque no tenía problemas.

Le conté, reconozco que de una manera confusa, por qué la buscaba. Con los brazos relajados a un costado del cuerpo, me respondió: ¡Y que queres que yo le haga!

Sentí un profundo rencor ante la indiferencia. Comprendí entonces el dolor en los ojos y en la piel abierta de la mujer que buscaba.

Al despedirme, a mis espaldas, ese hombre subía nuevamente a la escalera, a seguir con sus ocupaciones.

Caminé hasta la estación del ferrocarril. Doce y cuarenta tomé el tren. A poco de arrancar, los “panaderos” invadieron el vagón desde los campos resecos del mediodía. El viento era caliente y yo no sabía hacia donde me dirigía. El boleto decía Retiro, pero era solo un lugar, no un destino.

Al llegar a la estación, la vi sentada en un banco del andén. Buscaba con la mirada entre los pasajeros. Al verme, se acercó saludándome con la mano. Nos abrazamos. Me sonreía detrás de su mirada triste, suplicante.

No le pregunté nada. Quizás haya sido un error. Hacerlo tal vez hubiera cambiado el curso de los acontecimientos.

Le dejé la iniciativa y me hizo algunas preguntas: cómo me había ido en Canadá, si me había casado, cómo estaba mi familia… Tenía un fuerte olor a transpiración, olor a cebolla, la cara cubierta con grasitud y el pelo recogido en la nuca con una bandita elástica. Seguramente hacia bastante tiempo que no se bañaba. En la mano llevaba una camperita roja, sufría mucho el frío.

Mientras caminábamos me dijo que vivía en el bajo, en el departamento de un amigo, que se lo había prestado en honor a una vieja relación.

Le pedí que fuéramos hasta su casa, era cerca y ahí podríamos charlar tranquilas y tomar algo. Accedió contenta. Compre unos sándwiches de miga. Me esforzaba por mantenerme tranquila. Estaba agotada, no podía pensar.

La casa tenía el mismo olor que ella. Y una sola cama cubierta de ropa. Preparé el mate, comimos en silencio.

Al fin, después de un rato, me habló del objeto y lloró.

Bueno, por lo menos aquí esta, pensé. La consolé. Y me habló también a mí de los saltos al vacío.

Deje de sentirme una víctima más de la situación y me dispuse a ayudarla.

Mientras dormía ordené el departamento, junté la ropa sucia y al despedirme, después de cenar, le prometí que volvería al día siguiente, que traería ropa limpia, porque ella no tenía lavarropas ni lugar para colgarla.

Me aseguró que estaba tranquila. No quiso venir conmigo. Me esperaría para analizar juntas qué podíamos hacer.

Cuando ya estaba en el ascensor, escuche: ¡Gracias! Y lloré.

Desde una cabina pública llamé a su esposo. Le di la dirección, pero con la promesa que no la buscaría hasta una nueva comunicación mía.

Entré en un lavadero automático, lavé y sequé su ropa. Esa noche, la casa de mi madre me pareció más acogedora que nunca. Me bañe mientras ella me preparaba un té. Charlamos un rato y, exhausta, me dormí.

A la mañana siguiente preparé un plan. Lo primero sería sacarla del lugar donde estaba, devolverla a algún grupo familiar que la cuidara –mi casa o la casa de su esposo.

Después iríamos a consultar a Graciela, mi amiga psicoanalista, por quien ella sentía cierta admiración intelectual.

No me resultaría difícil convencerla. Rosario necesitaba alguien que la ayudara y yo lo deseaba desde el fondo de mi corazón.

Salí con mi madre muy temprano en dirección al centro. La dejé en su oficina y estacioné cerca de Retiro, para caminar.

Al doblar por Reconquista hacia Marcelo T. de Alvear vi un bulto que caía desde lo alto.

¡Dios mío!- alcancé a pensar: ¡El salto al vacío!

Corrí gritando. Al acercarme no pude verla. La gente la rodeaba y también gritaba.

Por entre las piernas de los testigos de aquel drama, alcancé a ver algo que rodaba hasta el borde de una boca tormenta…

Corrí y al agacharme lo identifique: ¡era el objeto!, ¡el florerito de terracota!

Estaba intacto.

Lo tomé con cuidado y lo guardé en mi cartera.

Desolada, me oí exclamar:

-¡Soy su amiga y venia a salvarla del maldito jarrón!

Los curiosos, ahora me miraban a mí…
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