ColumnistasDestacadosSolidaridad o Banalidad del mal - Sobre una nueva subjetividad

Jorge Collado3 septiembre, 2020
Dillon

Por Jorge Collado...

“Dos formas de mi pensamiento son tan distintas hasta el grado de contradecirse. Una es el asombro maravillado sobre el bello espectáculo en medio del que hemos nacido, y la otra es la extrema miseria del ser humano de estar arrojado en un mundo cuya hostilidad es sobrecogedora.”

Hannah Arendt

Construir una nueva subjetividad fundada en la solidaridad es el camino; de lo contrario seremos la victima de hombres menores, sin profundidad, superficiales como el Dios Mercado los diseña.

Este mundo tiene pocas posibilidades de salvarse, y no es una postura pesimista la mía. Digámoslo así: o el sujeto se reconstituye a partir de la pandemia u otras desgracias venideras, o nos invadirán los emprendeduristas, los neo-nazis, terraplanistas, anticurentena o simplemente veremos el triunfo definitivo del neoliberalismo.

Digamos que la subjetividad varía hacia la solidaridad, la diversidad y hacia un sujeto plural o morimos en el intento. No se salvarán unos pocos, eso es mentira, la humanidad está en peligro. Podría decir que es necesaria una vuelta al Hombre Nuevo, que en todo caso no es distinto que decir que deberíamos volver a Cristo y no al hijo de Dios, al Cristo hombre, capaz de dar su vida por el otro, y ese es el camino de la solidaridad. Si no constituimos una nueva subjetividad basada en ella, nos invadirán esos hombres menores.

Pero sepámoslo, nos han gobernado hombres menores, tenemos compañeros que son hombres menores. Aquel que piensa en su destino político, aquel con ambiciones de poder, aquel que arma su propia estrategia para acceder a un lugar público, quien piensa en sí antes que en el otro, aquel que no está imanado al grupo y pretende trascenderlo, ese no podrá representar a los hombres nuevos.

Este texto, hasta aquí, lo escribí en Facebook, en estos largos días de pandemia, solamente para poner un poco de orden a algunas ideas que insisten en mí. Luego un amigo entrañable, como Reino Hietala, me pregunta cómo se constituye esa subjetividad? Entonces digo y me digo, el camino es la solidaridad, lo vemos a diario en compañeros que organizan ollas populares más allá de sus necesidades, aquellos que siempre se van a poner del lado de los que sufren, y que pueden considerar ese sufrimiento como propio. Ponerse en el cuero de los necesitados, digo todos, presos que estén pagando sus deudas con la sociedad; locos en los hospicios, internados de gravedad conectados a respiradores, médicos o enfermeros que su ejercicio de su solidaridad, agotan hasta el desmayo, con ellos también hay que ser solidarios ejerciendo el aislamiento preventivo, por ejemplo.

Ahí se suele ver un hombre nuevo, médico, enfermero, voluntario, militante. Incluso compañeros que pueden ser solidarios en su propia necesidad, pensar en el otro antes que en sí.

Sepamos que es un imposible sufrir como el que sufre, porque no se puede tener el hambre del otro, no se puede saber cómo es esa hambre, pero si se puede tener empatía, si no se la tiene se cae en la banalidad del mal.

Quiero detenerme en este concepto “Banalidad del mal” porque es antitético al concepto de Solidaridad. Banalidad del mal es un concepto que utiliza Hannah Arendt en función a los crímenes burocráticos de los Nazis durante Holocausto. Aquel que administraba los números de la muerte sin ningún tipo de sensibilidad. Para Arendt, Eichmann, burócrata y responsable de muchas muertes en el Holocausto, no era el «monstruo», el «pozo de maldad».

Los actos de Eichmann no eran disculpables, ni él inocente, pero estos actos no fueron realizados porque Eichmann estuviese dotado de una inmensa capacidad para la crueldad, sino por ser un burócrata, un operario dentro de un sistema basado en los actos de exterminio.

De la misma manera el burócrata afincado en un escritorio, que no considera la política, o el acto político como una forma de cambiar la realidad, sino como un sustento personal, es atravesado por la banalidad simplemente porque sirve a la burocracia de un poder establecido, más si ese proceso político es poco inmanente con los que más sufren.

Sobre este análisis Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de sus actos, solo por el cumplimiento de las órdenes, o en otro caso de mandatos absurdos basados en la discriminación de aquello que no queremos ser pero que tememos ser.

La tortura, la ejecución de seres humanos o la práctica de actos «malvados» no son consideradas a partir de sus efectos o de su resultado final, con tal que las órdenes para ejecutarlos provengan de estamentos superiores. Ya se ha hablado suficiente sobre el tema de obediencia debida en la Argentina.

Hannah Arendt discurre sobre la complejidad de la condición humana y alerta de que es necesario estar siempre atento a lo que llamó la «banalidad del mal» y evitar que ocurra.

En 2001 es la psicoanalista argentina Silvia Bleichmar rescata el término, lo amplia y nos advierte que la banalidad del mal es esa falta de empatía con el sufrimiento del otro. Digamos que ahí, no conmueve la indigencia del otro, diría donde el sufrimiento del otro no genera ni en el mínimo pensamiento. Annah Arendt, se pregunta si “¿puede un funcionario burocrático, estar desprovisto de alguna característica de sensibilidad humana?”.

Definitivamente sí!! Esto se ve claramente en la subjetividad que instala en neoliberalismo, donde el Dios Mercado, con su brazo burocrático, manda al hambre y a la indigencia a miles de personas en el mundo.

El poder financiero, el FMI y sus recetas, el poder neoliberal están fundado en la banalidad del mal. Se ve Claramente en los Bolsonaros, Macris o Piñeras. Se ve en las corporaciones que en todo caso son las que están siempre detrás de estos individuos. Pero ojo, es la burocracia intencional o pasiva la que encarna la banalidad del mal.

El tema es la profundización de ese discurso del mal, digo cuando es ampliado, vociferado por los medios de difusión propios o al servicio de las corporaciones que ostentan ese poder, con la mera finalidad de colonizar con su discurso una clase media arribista que pretende ser miembro del mundo de los poderosos. Pagando el precio con falta de empatía, con deseos egoístas, con narcisismo y obviamente expresando la banalidad del mal. Son inocentes porque no hicieron nada y son culpables porque no hacen nada, mientras sus congéneres van a la miseria o se secan los humedales.

La solidaridad del Hombre Nuevo, claramente nos pone sobre el modelo que dice que es solidario el que da, pero mucho más solidario es el que recibe, quien debe renunciar a su orgullo, solo para que el que da no haga caridad, o termine comprando indulgencias.
Ahí cuando enfrentamos las miserias internas y el egoísmo se apodera de nosotros, ahí tendríamos que ser capaces del gesto solidario. Y comprender que la solidaridad es un puente de ida y vuelta, donde es solidario el que da y también solidario el que recibe.

Pero para instalar una nueva subjetividad basada en la solidaridad, tenemos que encontrar líderes inmanentes, en el sentido spinoziano del término. Sujetos que no transciendan la base, sujetos que sean la voz de la asamblea, que representen a sus compañeros más allá de sus propias convicciones, porque las únicas convicciones posibles son plurales, es decir, las del grupo. Creo, con el ferviente convencimiento que la salida es siempre con el otro, renunciando a los egoísmos y a los narcisismos. Esa es la subjetividad contraria a la que supo construir el neoliberalismo, esa del emprendedor solitario, esa del que se salva solo.

Recuerdo los discursos de barricada de Don Oscar Allende. “El Bisonte”, ponía siempre en sus discursos la metáfora del barco: “De que vale tener el camarote limpio y ordenado si el barco se hunde”

Me decía un compañero en otro comentario de Facebook, Jorge Monzón que “El Che, Lenin, Jesús, Marx, Bakunin, etc, cualquiera que haya encarnado un cambio revolucionario trajo consigo la violencia, no hay manera de que no sea así, cualquier cambio traerá aparejada la violencia, la reacción violenta. Lo venimos viendo por lo menos desde la Revolución Francesa”. “Todo empezó con piedras y palos en realidad; desde entonces toda lucha por el poder ha sido violenta y es necesariamente violenta porque quien ostenta el poder ostenta la fuerza, ninguna clase social ha caído sin pelear, sin haber usado las armas con las que sostiene su poder”. “Igualmente la crisis de la humanidad sigue siendo la crisis de sus direcciones revolucionarias”

En realidad coincido con la lectura histórica, que es somera pero en todo caso vale como metáfora. También estoy convencido que desde la postura más amorosa, más del lado de la vida, jamás se puede renunciar a la lucha. Pero después de las derrotas que mi generación ha sufrido no quisiera pensar en otro baño de sangre. Y tenemos que pensar nuevas y creativas formas como aconseja Reino Hietala.

Eso en todo caso tendríamos que tener en claro, que encontrar otras formas, ser creativos sin bajar las banderas, hacer alianzas sin descuidar los objetivos, convencer, más que ser convencidos. Por ahí andamos aunque se nos llene la panza de sapos. Hoy creo que para construir esa otra subjetividad, que también tiene como característica la tolerancia, a veces hay que parar, vomitar y seguir, sabiendo que siempre es mejor que un río de sangre. De hecho no es la dictadura del proletariado lo que buscamos, como en los viejos tiempos, en todo caso desde el peronismo buscamos el empate social.

A esta altura puede ser utópico lo mío, o más un deseo que una certeza, pero el camino es político, es solidario, ético e inmanente. Buscamos el empate social, el más peronista de los empates sociales, el del sueño de Eva, de Perón, de Néstor y Cristina, un empate social republicano, donde se cumpla la constitución nacional, sobre todo en aquello de Trabajo y Vivienda digna, Justicia, Educación y Salud Pública de excelencia para todes. Entonces… habrá ganado la solidaridad por sobre la banalidad del mal.

Vuelvo a una definición "Hombres menores", y juro que no deseo utilizarlo como un adjetivo calificativo. Estos personajes son los que viven de la política o de la burocracia. Tengo amigos que se molestan cuando les cuestiono esto o aquello, son todos profesionales de la política, todos tenemos algún conocido que cobra un sueldo por “hacer política”, o directamente son asesores o funcionarios, o diputados, ediles, etc.

Eso no está mal si saben, si tienen clara conciencia que eso que están “ganando”, es lo que le pagan sus compañeros para que se dediquen a tiempo completo a llevar adelante los ideales del conjunto, que el único mérito que tienen para ocupar esos lugares, es haber sido elegido por sus compañeros. El que cree otra cosa termina traicionando a las bases que en última instancia son las que le otorgaron el poder de la posición que ocupe, burocrática o territorial.

Si alguna duda me hace cuestionar el concepto de hombres menores, es porque Hitler pensaba en hombres menores, quizá inspirado en Nietzsche.

Me refiero a que la evolución del hombre, pensando casi darwinianamente, está ligada a su compromiso con sus congéneres, con el doliente empáticamente. Me refiero al hombre que debe ingresar a la cultura para lograr ser con el otro, no un psicótico narcisista que jamás pudo ser parido, que nunca abandono la diada materna.

El ingreso a la cultura es el principio del abandono del mundo ideal e infantil. Al decir de Freud, el hombre no está hecho a imagen y semejanza de ningún Dios, en todo casi si así fuera Dios encarnaría el mal. El hombre es malo por naturaleza, animal por naturaleza, si se hace humano en la medida que socializa e ingresa a la cultura. Es con el compromiso con el otro el camino para llegar a un hombre más cultural, más sensible, más empático, más representante del conjunto y menos individualista.

Podría decir “hombre viejo – Hombre nuevo”, pero digo hombres menores, en tanto estos no alcanzan el estatus más alto que es el Sujeto, comprometido con su entorno y con su época. Y digo Sujeto, sujetado a la cultura. Cuanto más con el otro, menos asesino, menos narcisista, más empático, más solidario, mas inclusivo. Quizás la última reflexión que podría hacer, es que está sociedad que llega a la pandemia ha sido criada, marcada y diseñada por el patriarcado. Un patriarcado guerrero, autoritario, violento, alejado de la ternura. Quizás ya es tiempo de cambiar.

“Debes amar,
El tiempo de los intentos,
Debes amar,
La hora que nunca brilla
Y si no,
No pretendas tocar lo cierto”

Silvio Rodríguez

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