DestacadosPuro CuentoRelatos con Navidad por Osvaldo Croce y Armando Borgeaud

Armando Borgeaud24 diciembre, 2020

Navidad popular

Sobre la pizarra de anuncios parroquiales de varias capillas todavía puede verse aquella fotografía del año dos mil y pico, no recuerdo bien.

Elena era por entonces asidua colaboradora del obispado, y frecuentemente oficiaba de enlace entre las comunidades más pobres de la ciudad y la comodidad financiera central.

Se acercaba la Navidad y cada capilla quería presentar su pesebre viviente y su papá Noel. El obispo nunca hacía problemas y solía recorrer cada refugio de Dios para sacarse fotos en las barriadas. Escuchaba los reclamos, decía veremos qué puedo hacer, le besaban el anillo, comía los sándwiches de miga, se iba a dormir tranquilo.

Elena llevó aquel 22 de diciembre su lista de capillas que tendrían festejos navideños. El enviado de Dios a la comunidad estudió la nómina y fue diciendo con su voz suave algunos conceptos que la devota mujer fijaba en su mente sin escribirlos, por expresa disposición del mandatario eclesiástico.

-Veo que no ha crecido demasiado la feligresía, avanzan otras religiones, y esto reclama un mayor compromiso de nuestra parte. Digamos que debo tolerar cosas que no me resultan del todo gratas. Por ejemplo, la Capilla donde oficia el padre Roco, que tiene el sostén del Movimiento Junto al Pueblo. Y la Capilla del padre Gervasio, tan débil de carácter, que fue copado por algunos personajes digamos peligrosos, que van a alfabetizar, a cuestionar algunas ideas, a poner en duda la eficacia de la misma Iglesia. En fin, démosle a todas por partes iguales, para que nadie proteste.

Vaya a saber si Elena no se animó, si ocultó el dato para no ofuscar al obispo, vaya a saber. Se retiró tranquila, dispuso las cantidades de canastas navideñas y de ropa en aquella planilla Excel y partió rumbo a las Capillas en su viejo Ford Fiesta.

Desde la mañana del 24 de diciembre hubo muchísimos movimientos en todas partes. Elena dejó para el final su visita al padre Gervasio.

Quien estaba a cargo de la hermosa ornamentación, donde resaltaban carteles con la palabra de Cristo contra la riqueza, era Fideo, un flaco altísimo al que todos querían y muchos aceptaban en voz muy baja por su homosexualidad. Expansivo, verborrágico, subía y bajaba de la escalera que cada tanto afirmaba acá o allá.

-Elenita, querida, fíjate lo bien que está quedando. Va a venir mucha gente. Espero que el monseñor también. Y esta vez no podrás negarte a tu papel de Virgen María en el pesebre viviente. Te espero.

Sin poder replicar nada, la mujer se fue sonriente, simpática.

Aquella luz de atardecer no la olvidarán quienes por esos lados anduvieron. Cuando llegó el obispo en su coche oficial, hubo aplausos. Los chicos revoloteaban dándole besos y cartas a un altísimo flaco vestido de rojo, con barba postiza. No era panzón, pero lucía un par de pechos de goma, muy escotados. Gritaba: vengan, vengan, Mamá Noel tiene regalos para todos.

Fotos por doquier. Y la mirada del superior religioso, incrédula. Al costado, en el pesebre viviente, Elena era la Virgen María, un morocho de ojos castigados recién liberado de la cárcel era José, dos viejos estafadores de truco, pastores, dos pupilas del quilombo de Juju acariciaban a una vaca y a un burro. El niño Jesús era el recién nacido de América, pelochuzo y gritón, a quién, cada tanto, una mujerona con cara de hambre viejo, debía darle la teta para evitar llantos inaguantables. El obispo se paralizó ante semejante cuadro.

-Es lo más semejante al relato bíblico, le susurró Gervasio con su cara ajustada por el desusado cuello blanco.

Poco después, cuando el sol se había enrosacado entre los árboles del horizonte, un montón de pibes santamente mugrientos se abalanzó contra las piernas del obispo, pidiendo foto, foto, foto. Pronto se sumaron el mamá Noel y los del pesebre. El niño Jesús fue a los brazos del monseñor. Enseguida el fotógrafo registró la escena: la cara sudorosa y pecedora de aquel Fideo pinturrajeado, apretando sus turgencias contra el cuerpo de la autoridad, besándole largamente una mejilla que sostenía con su mano de uñas turquesa, al mismo tiempo que sobre la otra, la Elena madre de Cristo, liberada al fin de pruritos bajo su disfraz, estampaba otro riendo con alegría un poco exagerada.

Aterrado, el obispo quiso irse. Los dos timadores de incautos le fueron abrieron paso y también hay fotos que registraron el abrazo de cada uno. Las pastoras Kika y Debi lo acompañaron hasta el coche. Lo despidieron con sendos labios rojos sobre las mejillas lampiñas y vapuleadas como nunca.

Sobre la pizarra de anuncios parroquiales de varias capillas todavía pueden verse aquellas fotografías del año dos mil y pico, no recuerdo bien.

En todas puede comprobarse la santidad contemporánea, divina.

Honesto, valiente, generoso

24 de diciembre, nueve de la mañana. Sentado en la cocina frente a su hermana que ceba mate, el señor Atilio González mira sus zapatos lustrosos levantando levemente la punta de los dos pies a la vez como para admirar mejor el impecable brillo que les imprime cuidadosamente todas las mañanas después del desayuno, con pomada Cobra y una franela importada.

La mujer, como todos los jueves, viene a hacer la limpieza del caserón donde se criaron junto a sus padres y qué, desde la muerte de aquellos, Atilio habita en soledad por épocas.

El hombre, jubilado como cajero del Banco Provincia hace unos años, desde entonces se muestra renuente a dejar entrar a las desconocidas empleadas domésticas que Elena, su hermana menor, le recomienda infructuosamente cada semana cuando llega con los elementos necesarios para la limpieza en un balde plástico para que, según le espeta en la cara al ir y venir por las habitaciones, mientras el hombre lee La Nación, las incómodas hojas desparramadas sobre la mesa del comedor, no lo terminen comiendo los piojos por viejo cabeza dura.

Siempre matean previo al arranque de la tarea que a ella le lleva tres o cuatro horas y ahí aprovechan para ponerse al día. En realidad, el que se pone al día es Atilio sobre los problemas conyugales de su hermana, casada con un vago al que se puso al hombro sin chistar desde que lo conoció, la vida de sus sobrinos, el más grande que vive en Barcelona desde marzo pasado y la más chica que se acaba de juntar con el novio hace unos meses, razón por la cual, justamente, se apresura a contarle Elena a su hermano esta mañana, están invitados, ella y su marido, a pasar la Nochebuena con sus consuegros, por primera vez padres e hijos de ambos en una quinta de La Florida.

Atilio recibe la noticia con agrado, aunque intenta no expresar la alegría que le provocan las palabras culposas de Elena, y comienza desde ese instante a paladear por anticipado la cena de Noche Vieja frente al televisor, los pies sobre una silla, la botella de champagne helada bien a mano, listo para mandarse mudar despacito y medio a los tumbos a la cama, sin tener que dar explicaciones a nadie: ni a los sobrinos maleducados alentados por el atorrante de su cuñado acusándolo de aburrido, y ella, Elena, incapaz de hacerse oír para defender a su hermano por el paralizante miedo a los conflictos.

Atilio rumbo a la cama caminando fatigosamente por el desierto de su cansancio, las luces del arbolito encendiendo la oscuridad del hall gigante con sus colorados y azules llorosos cada treinta segundos, el televisor ardiendo de fuegos artificiales falsos a su espalda, los fogonazos en el cielo del patio allá lejos, la cabeza como un globo aerostático de alcohol caliente, los pies tropezando con la cómoda hacia la que el cuerpo desarticulado se ha dirigido por un cambio brusco de quien mueve sus hilos inconscientes para que observe a sus manos abrir el segundo cajón, revolver los calzoncillos, buscar el paquete con los dólares que siempre están en el fondo y que ahora no encuentran. Si no fuera porque su cabeza sigue ascendiendo por el aire infinito de un cielo mareado, él, su ser en algún lado entre el corazón y la nada, se preguntaría por qué tiene ganas de reír de esa forma cuando le han robado sus ahorros. De dónde viene la voz de Elena diciéndole, escoba en mano, llorisqueando, que él, su hermano Atilio, es la persona más honesta, valiente y generosa que conoció en su vida. Su cabeza viajera se ha ido tan lejos que a duras penas puede retomar la dirección hacia la cama como un caballo corre hacia un río fresco, anhelado.

Atilio González abre los ojos tan cerca de los asustados ojos de Elena. Ella es quien lo está sacudiendo mientras le pregunta una y otra vez, si está bien, si se siente bien, llora, qué novedad, mientras dice como rezando que no se preocupe porque la emergencia está por llegar, que con este calor los desmayos suelen ocurrir cuando baja la presión, que se quede acostado así, descansando, que no se mueva, que ella le traerá un vaso de agua fresca. Suena el timbre y Elena susurra deben ser ellos, qué suerte que un día como hoy vinieron enseguida. Chorra, piensa Atilio cuando ve entrar a un médico boliviano y a una enfermera con cara de susto. Chorra, repiten sus labios amoratados sin emitir sonido.




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