Crónicas de Historia RecienteDestacadosQue no pudo más vivir

Carlos Riedel20 julio, 2019

Por Armando Borgeaud y Osvaldo Croce...

Pará un cachito...
no me digas que vos también
sos uno de esos giles
que se traga cualquier verso,
caídos del catre
de esos que creen
que no pagarle al sastre es un desastre
De esos que respetan las luces de los semáforos
y se ubican mal en los espectáculos
porque no tienen le cancha necesaria como para
guiñar un ojo a tiempo.
De esos románticos que el día les alcanza
hasta para cruzar una plaza,
escribir algo de amor
o llevar una flor a la casa.
Querés que te diga, sos un gil,
sos un dulce, sos un honesto.
Vení pateá para allá,
sos uno de los nuestros.

Chico Novarro, Nosotros, los ilusos

Lado A. Chau, no va más

Flaco y nervioso, aunque siempre pareciera sereno y despreocupado por la sonrisa ancha y permanente que utilizaba para esconder el desamparo de sus ojos cada vez que nos cruzábamos en los pasillos de radio Nuclear, FM Campana, FM Omega, o en el laberíntico galpón que escondía el estudio de Teledelta siempre provisorio, Carlos Gozo.

Están cumpliéndose 35 años de la inauguración del canal Teledelta. Durante años, el siempre Carlitos fue la imagen distintiva de ese medio. Qué cosa esos estudios de los medios de comunicación de acá y en todas partes, me digo cuando pienso en la muerte aún tibia de este locutor profesional que participó en la mayoría de los proyectos de comunicación de Zárate y Campana y que de a poco fue ingresando en ese olvido que a Borges le gustaba anunciar como única trascendencia.

Fueron y son habitaciones improvisadas en casas desahuciadas, u ofrecidas de favor por el tiempo en que dure la ilusión de un negocio rentable sostenido por la calidad de un producto independiente de los gobiernos que seguramente el público apoyará sin concesiones. Linda quimera. Y como ya se sabe que los sueños son efímeros, al poco tiempo el deterioro se apodera de las cosas primero: falta de mantenimiento por presupuestos que se ahogan, desorden, abandono, cada vez más limitaciones para hacer lo mínimo, lenta agonía hasta desaparecer hacia un destino de taperas. Al mismo tiempo, periodistas, locutores, técnicos y colaboradores mimetizándose con la decadencia desde el día en que dejan de cobrar el sueldo completo, primero una parte, después otra, hasta terminar huyendo a buscar trabajo en lo que sea donde sea.

Qué cosa la vida de los locutores profesionales como Carlos Gozo me digo mirando una foto suya fuera de foco, pullover rojo, rostro congelado hacia la cámara sin la máscara de su voz profesional que lo ayude a camuflar esa melancolía de tipo sensible que se lleva con cierto orgullo cuando se es joven y con vergüenza derrotada cuando la vida empieza a aparecer con claridad detrás de la niebla de los días. Qué cosa la gente sin la agresividad suficiente para hacer pie en la mierda de las permanentes crisis económicas de nuestro país. Qué cosa los que no pueden más vivir si no le tienden una mano los de al lado, los que se animen a mirar al prójimo, los que tienen que estar.

Flaco y nervioso, el humo permanente del cigarrillo brotando de su dicción perfecta y acariciante, nunca engolada de estupidez, disponible para burlarse de sí mismo con una humildad que se notaba sincera hasta en la forma de caminar, de alegrarse en serio al ver aparecer a la gente que apreciaba con ese primer golpe de sorpresa feliz que la mirada no puede falsear, Carlos Gozo.

Mastroiani de pago chico, los igualaba el mismo ángel de niño abandonado, Carlos estaba siempre dispuesto para reír a dúo en la isla de los tres minutos del tema musical en el aire en aquella época en que no hacía falta salir a la calle para fumar. En su breve compañía escuchando de reojo el disco en curso, uno parecía comprender que trabajar no tiene porqué ser el sufrimiento imprescindible que nos inculcaron.

A mi favor juega la admiración especial que siempre tuve hacia quienes han podido y pueden, desarrollar profesionalmente, estudiando para eso, lo que yo he ido aprendiendo a los ponchazos en los tiempos robados al trabajo que ejerzo para ganarme la vida, el sustento en realidad, con la voluntad inquebrantable de todos los aficionados del mundo.

No fue una excepción el orgullo que sentí las veces en que pude compartir un micrófono con Carlos Gozo, en aquellos tiempos iniciales de Nuclear en las tardes de domingo en Un Domingo Diferente. Posteriormente en FM Campana, también los domingos de Color Domingo. Cálidas postales de verlo y oírlo leer textos escritos por mí especialmente para esos programas, que él iba tiñendo con la imperceptible emoción de su cadencia a medida que los recorría y que algunas veces completaba buscándome con una mirada aprobatoria después de doblar el papel y mientras arrancaba el tema musical elegido como remate.

Pero el mejor de todos los recuerdos es para mí es aquel programa de media hora que hicimos diariamente algunos meses del verano de 1980, cuando me tocó trabajar fugazmente en radio Nuclear como operador de turno. Se llamaba Sobremesa y arrancaba a la una de tarde. Diez minutos antes de empezar, entre los dos elegíamos los temas en el entrepiso de la discoteca al que Pinocho Bonne nos dejaba subir, y como dos pibes que juegan a la pelota de memoria, al rato estábamos uno a cada lado de la pecera haciendo paredes entre sus palabras justas y mis enganches musicales con precisión de aguja. La cortina era una melodía pequeña de Elton John al piano que hoy busqué infructuosamente toda la tarde, pero supongo que ya no importa.

Lado B. El otro cambio, los que se fueron

En aquellos tiempos de Nuclear era furor un programa que conducía por la tarde con seudónimo: Carlos Carem (Carlos Emilio, sus dos nombres), donde recibía bolsas de correspondencia: Apertura. Con un efecto de cámara, su voz  estiraba la última a… de Apertura como un eco lejano, el mismo efecto aunque más atenuado se utilizaba cuando Carlos respondía los mensajes, anunciaba los temas musicales solicitados por la audiencia o leía las tandas publicitarias con ritmo ágil y siempre cordial. A los personajes dueños de la emisora se les ocurrió, para sacar provecho de la popularidad del espacio, llevarlo de gira por los bailes de la zona vestido con traje blanco, todo por la misma plata. Tuvo la vida efímera de las burbujas. Hasta hubo que devolver el traje por falta de pago.

Compartimos transmisiones de básquet y de fútbol, donde él leía los avisos desde una pequeña carpeta en la también pequeña mesa de transmisión al borde de las canchas. Con humor irónico y expansivo nos divertíamos con ocurrencias publicitarias para olvidar el frío a la intemperie, como aquella que recordamos por años cada vez que nos encontrábamos: “¿Terminó el partido de básquet ?Pero vos podés seguir embocando en Motel La Cueva”

Cuando llegó la época de nuevos dueños y despidos generales, Carlos probó suerte con una heladería en el centro de Campana y le fue bien.

Después, ya se sabe, el tiempo, va trasladando vaya a saber a qué dimensión lejos de nuestra realidad chiquita a las personas, los edificios, las calles que dejamos de ver en nuestro horizonte de ganarnos la diaria.

Hace poco pregunté por Carlos. Me contaron que aquel locutor del ISER, compañero de muchas tardes en radio Nuclear en el departamento informativo la estaba pasándola mal. Se fue perdiendo en el suburbio de su existencia. Fulerías, la falta de consejo según dice el tango. Se le dio vuelta la taba, dice otro. Malas decisiones (fáciles de criticar hoy y ahora), falta de afectos que lo contuvieran. Costados jodidos, contradicciones, desvaríos. Ese límite tan delgado que nos separa de la desgracia.

Carlos Gozo murió el 15 de julio. Y de sus miles de imágenes solamente quedó en el mazo una que duele: fuera de foco, pulóver rojo, rostro congelado hacia la cámara sin alma. Desteñido, como su propia existencia, como la de todos los que somos relleno de una empanada social que otros comen sin más recuerdo que un eructo.

Carlos Gozo, Carlos Carem, Carlitos a secas, quien quiera que fueras, como el Chaplin del cine, te vas yendo por una calle larga y triste. Ya lo cantó Nebbia: el otro cambio, los que se fueron. Quedan un montón de risas tuyas, ocurrencias divertidas. Tu voz, que el tiempo irá borrando. Horas doradas de sol, cuando el futuro parecía eterno. Chau.

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