Por Ar. Silvia Irene Baccino...... En un recodo del camino de acceso a la Zona Industrial de Zárate, nos encontramos con el Barrio “Meteor” y una construcción en avanzado estado de deterioro que nos hablan de una historia particular de nuestro pasado zarateño: la Fábrica de Productos Químicos “La Diana”, que perteneció a la familia Palma.

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Las plantas elaboradoras de los diversos ácidos y sulfatos, junto con la “cremería”, las filas de casas donde vivían los operarios y el “chalet” familiar constituyeron un conjunto productivo-residencial, que alcanzó su máximo esplendor en las primeras décadas del Siglo XX.

Se hallaba emplazado en el entonces Cuartel Tercero del área rural del Partido, ocupando una franja de aproximadamente 40 hectáreas, que se extendían desde las vías del Ferrocarril Buenos Aires al Rosario (luego Mitre), hasta el río Paraná de las Palmas, donde la existencia de un muelle para buques de ultramar completaba las instalaciones fabriles.

La evolución del complejo fabril.

En el terreno mencionado existía, desde fines de la década de 1880 la Fábrica Nacional de Dinamita perteneciente a un grupo de industriales italianos, que fue adquirida hacia fines del Siglo XIX por Don José María Palma. Éste continuó con su producción durante un tiempo imprimiéndole, luego, un notable impulso que denotaba su gran visión empresarial. En efecto, la transformó en un moderno complejo industrial, elaborador de ácidos y sulfatos, al que llamo Fábrica de Productos Químicos “La Diana”.

El mismo comprendía, en los primeros años del Siglo XX, la planta de ácido sulfúrico, elaborando por el viejo método de las cámaras de plomo, y las plantas de ácido nítrico y clorhídrico que empleaban en su producción el sistema de bombonas, procedimientos químicos en desuso en nuestros días.

Estas plantas se instalaron en las viejas construcciones de ladrillo visto pertenecientes a la fábrica de pólvora, emplazadas al pie de la barranca, próximas al actual camino a la Zona Industrial, y que subsistieron aunque en avanzado estado de deterioro hasta hace poco años.

Paralelamente funcionaba una planta elaboradora de nitroglicerina y, posteriormente, se comenzó a fabricar sulfato de cobre, subnitrato de bismuto, ácido tartárico, sulfato de soda, sulfato de magnesio, etc.

En la elaboración de los productos se utilizaban materias primas importadas: azufre, negro animal, salitre y petróleo (combustible), y nacionales: residuos de la vinificación, mineral de cobre, cal de Córdoba y sal. Los productos elaborados se destinaban al consumo interno y eran llevados hasta el muelle en zorras arrastradas por una pequeña locomotora con rieles decauville.

La dirección técnica de la Fábrica se hallaba a cargo de los señores Luis, Hugo y Carlos Palma: Luis atendía preferentemente las oficinas de Buenos Aires (instaladas en calle Bolívar Nº 375), Hugo era ingeniero civil y Carlos, doctor en química; en tanto José María, padre de éstos y fundador del establecimiento, desempeñaba las funciones de consejero irremplazable.

En los años de la Primera Guerra, los Palma, aprovechando la demanda internacional y el auge de la explotación ganadera de la zona, crearon una nueva industria elaboradora de productos lácteos que se comercializaban hacia Europa a través de la “Granja Blanca”, importante establecimiento base de lo que luego sería “La Vascongada”.

La “cremería”, como se la conocía localmente, comprendía un conjunto de galpones de sencilla construcción en ladrillo y cubiertas de cinc, emplazados en lo alto de la barranca y que actualmente se encuentra en pie, si bien en mal estado de conservación.

Las “filas” de viviendas obreras.

Conjuntamente con el complejo productivo se disponían, en la parte alta de las barrancas próximas a la “cremería”, las filas de casas donde residían los obreros de la Fábrica que, en la década de 1910, alcanzaban un número de doscientos.

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En efecto, Don José María Palma, en atención a las condiciones de aislamiento de “La Diana”, realizó la construcción de las casas para sus operarios ocupándose, simultáneamente, del mantenimiento de las mismas y de facilitar el traslado de los niños que residían en el lugar a los establecimientos educacionales situados en la zona urbana de Zárate.

Se originaron dos filas de casas enfrentadas separadas, según nos explicaron vecinos del lugar, por un hermoso bosque de acacias, extinguido cuando las emanaciones tóxicas producidas por Meteor quemaron gran parte de esa vegetación. Completaban el conjunto residencial las viviendas de los trabajadores solteros, próximas a la “cremería”.

Eran construcciones sencillas, en ladrillo visto y cubiertas de chapa, con amplias habitaciones comunicadas internamente y patios posteriores. Estaban provistas de servicios sanitarios, agua corriente y luz eléctrica, infraestructura suministrada desde la fábrica, que nos habla de las buenas condiciones de vida e higiene que se pretendió imprimir al barrio.

En la fila Nº 1, la primera en construirse, en una vivienda de mayor jerarquía, habitaba el Jefe de Personal de la planta, ubicándose en el otro extremo el Club, que servía de esparcimiento a los trabajadores contando, además, con una biblioteca muy equipada para esos años.

Hoy, esas construcciones, que presentan el deterioro producto del tiempo, continúan cumpliendo sus funciones originales aunque modificadas y adaptadas a las necesidades actuales de sus moradores constituyendo, en conjunto, el Barrio “Meteor”

El “Chalet”

Ubicado en la parte posterior del predio, a continuación de las filas obreras, completaba todo este conjunto lo que en ese entonces llamaban el “chalet”, haciendo referencia a la casa patronal.

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Era la residencia veraniega de los Palma, familia numerosa compuesta por Don José María, su esposa Ángela Della Valle y sus diez hijos: cinco varones y cinco mujeres.

Los varones eran Luis, Carlos y Hugo, que trabajaron en distintos períodos en “La Diana”, Enrique Pascual, que se dedicaba a la administración de campos y José Julio, a cargo de la “Granja Blanca”.

Las cinco mujeres eran: Ángela, la mayor, Josefina, Ema, Sara y Celina, casada con el Dr. Julio Rojas Boerr.

Según relatos de Celina Palma de Rojas Boerr, la vida en el “chalet” era, en verano, en familia: se reunían a jugar tenis, al croquet y eran frecuentes las reuniones sociales a las que concurrían, entre otras, las familias Vandiol, Viviani, Roldán Vergés, Odriozola, Burgos.

Luego de atravesar las filas de casas un sendero peatonal, bordeado de naranjos, conducía al mismo. Delante de la fila Nº 1, pasaban los rieles decauville que llegaban a la plataforma, explanada próxima a la casa principal, y por los que transitaba la zorra arrastrada por una pequeña locomotora: el tren de “La Diana”, como lo llamaban.

Allí llegaban los proveedores para abastecer al barrio y diariamente abordaban el tren cuando se dirigían a sus tareas Don José María, el administrador Don Jacinto Vandiol, quien también vivía en el “chalet” con su familia, el jefe de personal y capataces de la planta siendo, además, frecuentes los paseos familiares hasta el muelle realizados en tan singular vehículo.

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Cuando Don José María Palma compró “La Dinamita” la construcción comprendía dos casas muy grandes, de dos plantas separadas por un jardín. A principios de siglo resolvió unirlas conformando un edificio único, acorde a las necesidades de su numerosa familia, dotándola de las máximas condiciones de confort vigentes en la época.

De sobrias líneas italianizantes, con galería posterior, el chalet se hallaba emplazado en un parque perfectamente diseñado con variadas especies arbóreas y montes frutales que, aún hoy a pesar del abandono, lo transforman en un sitio de alto valor paisajístico.

Completaban el diseño del parque un espacio con pérgolas, suavemente perfumado con plantas de aromo, existiendo delante de la fachada principal una fuente de mármol con varios picos de agua. Grandes vasos en mármol bordeaban la calle vehicular, dando acceso a la misma una magnifica reja de hierro originalmente colocada en el Plaza Hotel de Buenos Aires y que hace pocos años, misteriosamente, desapareció de su emplazamiento original.

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La decadencia.

En la segunda década del Siglo XX, la Fábrica alcanzaba una superficie cubierta de 25.000 m2. La capacidad productora de la Sección Primera (ácido sulfúrico, nítrico), podía abastecer por muchos años todas las necesidades del país, dado que las cámaras de plomo de la fábrica de sulfúrico median 4.000 metros cúbicos, podían producir 16.000 kilos de ácido tartárico por año, y estaba montada de manera tal que, con poco gasto, se podía ampliar y aumentar la producción.

Todo este complejo productivo-residencial funcionó normalmente hasta el año 1928 cuando una separación del patrimonio familiar de los Palma, motivó que la industria se fuera diluyendo, quedando como se dice “en conserva”, hasta 1932.

Es en ese entonces cuando el Ing. Silvestre Solari, yerno de Don José María Palma, se hace cargo del establecimiento y durante unos cinco años lo hace funcionar nuevamente. Pero, debido a las presiones del grupo industrial Duperial, que había instalado una fábrica en Sarandí, “La Diana” debió dejar de producir definitivamente como tal, quedando entonces prácticamente abandonada.

Sería necesario esperar hasta los primeros años de la década de 1940 para que, con otro nombre y otra producción, comenzara una nueva etapa para “La Diana”, siendo Don Carlos Palma el gestor de la misma.

Una nueva etapa.

Como ya lo adelantáramos Don Carlos Palma, uno de los hijos de José María Palma, era doctor en química y había colaborado activamente con su padre en las etapas de máxima producción de “La Diana”.

En los primeros años de la década de 1940 cuando se encontraba trabajando en las minas de San Francisco del Monte de Oro (San Luis), Don Carlos entra en contacto con los propietarios de la Fábrica de óxido de cinc llamada “Cabildo”. Esta utilizaba en su elaboración, fundiéndola, la chapa “langosta” así denominada porque se colocaba cerrando el borde de los campos para que éste insecto no saltara evitando, de esta manera, su efecto devastador sobre los cultivos.

La chapa escaseaba y era necesaria la producción de cinc, tarea que se encomienda entonces a Don Carlos. Este acepta el desafío y en San Luis comienza a trabajar intensamente obteniendo, al cabo de cinco meses, un cubo de cinc electrolítico.

Siendo factible la producción del mismo se constituye entonces, la Sociedad “Establecimientos Metalúrgicos Meteor” que alquila a la sucesión Della Valle-Palma los terrenos e instalaciones de su propiedad, donde funcionó “La Diana”. Se construye, dentro de lo que fue el ámbito de la planta de ácido tartárico, la primera planta de zinc electrolítico de Sud América.

Fue designado Director Técnico de la misma Don Carlos Palma, quien fue a vivir al “chalet” adaptándolo a las necesidades del momento y devolviéndole parte de su antiguo esplendor.

“Meteor”. Su evolución

En los años de la Segunda Guerra Mundial, la producción de cinc, ligada a la elaboración del denominado “latón militar” era fundamental para las necesidades de defensa del país. Esta primera planta del país instalada en nuestro Partido comienza a producir a buen ritmo y durante muchos años su producción fue vendida a la Dirección de Fabricaciones Militares, contando con el apoyo brindado por su entonces Director el General Manuel Savio.

Pero al mismo tiempo la implementación de esta planta de cinc electrolítico, determinó la necesidad de absorber los gases sulfurosos que desprendía la calcinación de los minerales de cinc. Sus efectos nocivos comprometían seriamente la vegetación, alambrados y cubiertas de chapas de sus propias instalaciones y de propiedades vecinas, daño menor comparado con los efectos provocados al personal de la fábrica.

Se construyó, entonces, una moderna planta de ácido sulfúrico a base del sistema de cámaras de plomo, anexando a las construcciones existentes un moderno edificio con estructura de hormigón armado y creándose una sociedad anónima “Zárate Sulfúrico”, para su explotación. Este conjunto continuó evolucionando en forma sostenida.

La demanda de cinc era cada vez mayor en nuestro país (dado que después de la guerra no se podía importar) y, por consiguiente, “Meteor” incrementó notablemente su producción llegando a contar con 600 trabajadores.

Amplió sus instalaciones con nuevos galpones similares, en su aspecto formal, a los ya existentes pero construidos con moderna tecnología, construyó, además, enormes tanques de almacenamiento de combustible y ácido sulfúrico y dos nuevas plantas de este producto, una en el año 1953 y otra en 1962, que dieron origen a la absorción de todos los gases que originaba la planta de cinc. Completaban el complejo productivo “Metermic S.A.”, encargada del procesamiento de los barros residuales y la consecuente recuperación de los minerales contenidos en ellos.

Las viejas filas de casas obreras continuaron cumpliendo su función original, en este caso habitadas por familias de este nuevo grupo fabril. Sin embargo, el “Chalet” a partir de la década de 1950 dejó de funcionar como residencia de los Palma, (ligados a “Meteor”), quienes optaron por vivir en la zona urbana comenzando de este modo su lenta e irreversible declinación.

El sitio hoy

En el año 1966 se declara la quiebra de este complejo productivo. Se creó entonces la Cooperativa de Trabajo Zárate Limitada que continuó su producción durante varios años hasta que, finalmente, el Ministerio de Defensa asumió su administración, aunque de hecho la actividad fabril desapareció por completo, hallándose en estado de abandono total desde 1983.

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En octubre de 1988, a raíz del derramamiento de ácido sulfúrico, sustancias orgánicas y cloruro de bario y calcio, que comprometieron seriamente la seguridad de nuestra comunidad, leíamos en el diario “Clarín”: “…Hoy la soledad y el abandono constituyen la esencia de Meteor, más allá de unas treinta viviendas de familias que se han acostumbrado a la fantasmal planta y a sus hasta hace poco misteriosos tanques oxidados…”.

Estas familias, que continúan habitando las filas de casas obreras en la parte alta de la barranca, confían en regularizar su situación. Quieren seguir en el barrio, donde aún hoy, a pesar del deterioro y abandono, un magnífico paisaje circundante, con variadas y añosas especies vegetales que es necesario defender de próximas agresiones, le confiere un carácter sumamente apacible.

El “Chalet” tampoco pudo sustraerse a esta decadencia y actualmente evidencia un acentuado estado de deterioro que, en atención a sus altos valores arquitectónicos y paisajísticos, reclama una urgente acción de recuperación y puesta en valor que impida su destrucción total.

Indudablemente, según se desprende de esta evolución histórica arquitectónica, “La Diana” y “Meteor” industrias pioneras cada una en su época, contribuyeron notablemente al progreso y evolución de nuestra ciudad pero, al mismo tiempo, comprometieron en algunos aspectos la calidad ambiental y paisajística del área en que se radicaron.

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Estas fotografías de fines de la década de 2000 ilustran la situación de abandono y deterioro que presenta el histórico “Chalet” y que lo convierten, hoy, en un ejemplo del patrimonio arquitectónico de los zarateños en peligro de destrucción total si no se realizan, en forma urgente, tareas de consolidación

Entendemos que el destino de las plantas productivas es incierto pero es necesario intentar el mejoramiento de las actuales condiciones de habitabilidad de los residentes en las filas de casas, el relevamiento de los deterioros y la consolidación estructural del “Chalet” a fin de evitar su pérdida total y la recuperación del parque en que se halla emplazado.

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Fuente:

“Era una vez… Zárate”/Silvia I. Baccino María Luisa Sorolla. Buenos Aires. 1997

Relatos y testimonios de la Sra. Celina Palma de Rojas Boerr y del Ing. Alfredo Mayer Palma. 1988

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