Por Armando Borgeaud... En el día del padre y cuando la hipocresía amenaza con convertirse en el lenguaje predilecto de los políticos y funcionarios, locales, provinciales y nacionales, sin distinción de banderas, viene bien destacar, una vez más la figura de Aldo Arrighi, a quien tanto se extraña. Por su formación integral. Por su honestidad. La nota que sigue, fue publicada en junio de 2017.

Decía Borges: preferimos lo particular a lo general, lo concreto a lo abstracto. Por eso vienen bien estas dos anécdotas para prologar este reconocimiento a Aldo Arrighi.

La Plata

Viernes a la noche, Aldo promediaba su segundo mandato. Nos cruzamos en el hall de la vieja Terminal de colectivos. El intendente bajaba de un Chevallier recién arribado a la plataforma, maletín en mano, cara de cansancio. Mi pregunta apenas indiscreta, irrumpe sin pensar mucho: cómo le va doctor, de dónde viene. La respuesta natural, en el límite de la inocencia: vengo de La Plata, esta mañana no teníamos auto disponible para el viaje y la reunión era muy importante.

El mismo auto. El hijo del fiambrero.

Otro viernes, pleno 2002, salimos del canal luego de un largo reportaje en vivo, en plena época en que los políticos no podían asomar la nariz sin que se los insultara. Me acerca hasta casa luego de vencer mi negativa por la corta distancia. Cuando estoy por bajar reconozco el mismo auto de hace largos años. Se lo digo. Otra vez el destello de inocencia sin amagues: anda muy bien hasta ahora, me dio un resultado excelente en todo este tiempo, ¿por qué cambiarlo ?. Después reconoce el frente de mi casa y se queda pensando. Sonriendo agrega: yo venía a traerle a tu abuela los pedidos de almacén con una canasta, me acuerdo muy bien. Me hacían pasar hasta el fondo y me quedaba charlando un rato. ¿Todavía existe el naranjo en el centro del patio ?. Me bajo sin palabras. Hasta hoy me duran reflejos de aquella emoción mientras abría la puerta de calle.

Acto uno.

Justo Homenaje

Por decisión del Poder Ejecutivo municipal, fue designado con el nombre Intendente Arrighi al puente de la avenida Mitre entre José Hernández y Pividal, en nuestra ciudad de Zárate. Si aún es posible hablar de Justicia en los tiempos que corren, este sería un buen ejemplo para recuperar la fe en semejante institución al menos por un rato. Fue un el pasado martes 20 de junio, con sol a pleno, casi un sueño. Y mientras dure el envión anímico, va este debido homenaje para ese hombre, un sobreviviente de una generación que creyó en el diálogo para hacer política, un tipo honesto que a esta altura cuesta creer cómo hizo para atravesar semejante jungla con tan pocas cicatrices visibles.

Acto dos.

Un hombre, he dicho, señores. Un hombre.

Mucho antes de asumir como intendente de aquella ciudad que fue Zárate hace más de treinta años, y mucho antes aún, cuando éramos un pueblo chico donde nuestros abuelos se encontraban en la plaza, Aldo era Aldo. Primero, “el hijo del fiambrero “ como a él le gusta recordarse, después, el amable dentista de los que no hubiéramos dejado de ser sus pacientes por nada del mundo, si un día no hubiera colgado el guardapolvo blanco por la política en serio, casi casi subiendo al último tren.

Hoy pienso que debe haber dudado hasta el final antes de aceptar semejante responsabilidad con mucho más que perder que ganar para un hombre honrado, aunque ya sabemos de lo que es capaz la vocación de servicio para las personas intachables, como lo llamó en el acto del domingo el actual intendente Cáffaro. Nosotros, su pueblo disperso y heterogéneo, siempre quisimos a ese hombre de sonrisa franca y mano tendida que jamás dejó de caminar por las calles de la ciudad con la naturalidad de los que desean pasar desapercibidos. Nos fuimos sumando a su proyecto sin que nadie nos llamara, como dicen que se construyeron allá lejos los grandes partidos populares, como se construyen los amores en serio.

Seguramente por la intuición ante la buena gente que nos viene como un olfato parecido al de los animales, distinguimos a un tipo como Aldo en medio de la mendacidad. Entre quienes necesitan sostener por estúpida vanidad una falsa limpieza ética que los memoriosos de estos pueblos, donde todo se sabe tarde o temprano, saben muy bien que les queda grande. Si hay algo que no se puede ganar en campañas políticas o con discursos, es el prestigio de una conducta permanente.

El prestigio, sin pretender ponernos filosóficos, viene con el ser, con el ser aquí, en el barrio, donde nos toca jugar de chicos, en la esquina, donde nos enamoramos, en la calle, cuando hay que salir a estudiar y trabajar para ganarnos la vida, y ya se sabe en qué podemos convertirnos cuando aparece la plata disfrazada de necesidad.

El prestigio llega defendiendo las ideas desde la cuna, honrando las historias que aprendimos en los ojos de los mayores, el valor del nombre como si se tratara de lo único que vale la pena conservar al final de todo. Dignidad para defender lo que se piensa, lo que José Larralde cantó como nadie en su Herencia para un hijo gaucho en una síntesis perfecta: “Y sepa que no se vende la idea que se atesora …”

Acto tres.
Aldo, siempre, Aldo

Aldo fue Aldo en la inteligencia sagaz que demostró en la mayoría de sus decisiones, de las obras que promovió, muchas de las que se esperaron por décadas hasta que llegó él.

Aldo fue Aldo, antes y después que fuera un Arrighi, perteneciente a esa familia popular, a sus hermanos. A la italianidad argentina y laburadora que representó primero y ante todo, como una marca de sangre.

Aldo fue Aldo cuando nadie creyó en su victoria espectacular en aquella ciudad peronista hasta los huesos por tradición de frigoríficos, donde nació un día antes el 17 de octubre. Desde aquellas elecciones del 83 fue quien ganó las siguientes con la fuerza de su nombre.

Adelante él, después el partido con impecable tradición minoritaria, luego el equipo de gente que lo acompañó en el largo camino doce años. En aquella Argentina inestable, inflacionaria, impredecible, con el precio de los granos por el suelo.

Fue Aldo cuando gobernó en soledad socialista con varios gobernadores de distinto signo. Por largo tiempo hubo únicamente dos intendencias de ese partido en todo el país: una en Zárate y la otra en un lejano pueblito de Tucumán. Cuando parecía imposible convivir con el peronismo que iba retomando el poder, lograr audiencias, que escucharan su voz, que nos tuvieran en cuenta, no se escuchó una sola queja como excusa en sus discursos.

Aldo siguió siendo Aldo en el poder, cuando todos los políticos se marean, por deseo propio o influencia de los entornos. Siempre escuchando a todos hasta la decisión equilibrada, con toda la paciencia que pudo. Con esa calma tantas veces puesta a prueba. Con la humildad de un hijo de fiambrero orgulloso de ocupar un lugar en nombre de los demás.

Aldo sigue siendo Aldo hoy, cuando continúa saludando mano en alto desde la vereda de enfrente, en un restaurante, en el teatro, en la cola del supermercado. Como si estuviera por colgar el guardapolvo blanco para dedicarse a la política en las que va a ganar, nuevamente, todos los combates chicos y el único grande que tal vez valga la pena pelear: el reconocimiento sincero de la gente de a pie, el pueblo a secas.

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