CulturaDestacadosMicrorrelatos por Omar Morgante

Carlos Riedel14 septiembre, 2020

El extraño caso

Hyde y Jekyll aparecían a la luz en la sombra de la ausencia del otro. Mediante una poción, Stevenson lograba que Edward y Henry se transmutaran en el mismo cuerpo textual. En el final, parecen escindirse; o por lo menos así lo deja entrever Jekyll, el alter ego del autor, al decir: “... entonces, cuando dejo la pluma, y cierro el sobre con mi confesión, pongo fin a la vida del desdichado Henry Jekyll.”. Y nos deja librados a la perversión de nuestro Mr. Hyde.

El paciente

Encontré al explorador Charles Townsend en el Hospital Real de Bethlem. Traduzco parte de su entrecortado relato: “En la tierra de los témpanos gigantes, fuimos capturados por guerreras. Portaban lanzas con puntas de dientes de tiburón, vestían pieles de oso polar y untaban sus cuerpos con aceite de foca. Cada noche, copulé con la Reina. No pude evitar enamorarme de su lejana belleza. Después de que nació Artiana, me entregó estas lágrimas de cristal de hielo, que contienen el océano de sus ojos”.

Haifa

Bashir, el mercader de odaliscas, nunca fue de la confianza de la corte. La incomparable belleza de Haifa venció la resistencia. Ella fue la preferida del harem y el Sultán disfrutó sus artes amatorias. Algunos rumores decían que la concubina enviaba palomas con secretos de alcoba. El séptimo día de la última semana del mes décimo, el Sultán mandó matar a Bashir y a Haifa. Luego ordenó romper todos los espejos que la recordaban.

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