CulturaDestacadosLa crisis en las Industrias Culturales por Julio Belando

Carlos Riedel12 octubre, 2020
Dillon

La crisis de las industrias culturales, en el marco de la debacle económica producida a nivel global a causa de la pandemia, es una de las caras más duras de la realidad, ya que involucra a un sector considerado "no esencial" pero que da trabajo a más de 12 millones de personas en todo el mundo occidental: En nuestro país, esos trabajadores son más de 170 mil, que se desenvuelven en ámbitos tan diversos, como el cine, la música, la televisión o el teatro.

Los datos que nos presentan las noticias a diario son abrumadores: De la posible apertura en enero, Broadway postergó el estreno de varios musicales hasta marzo del próximo año y la Opera Metropolitana de Nueva York no abrirá su temporada hasta septiembre de 2021; el Cirque du Soleil, la gigantesca compañía canadiense que deslumbra con sus mega shows , está en bancarrota y anunció el despido de 3500 trabajadores mientras que los parques de Disney ( sobre todo en Disneyland, la filial de California) harán lo propio con otros miles.

La producción de cine, de conciertos, de contenidos de ficción para tv y plataformas digitales es mínima. Y la cosa no se limita a las dificultades sanitarias y protocolares para poder producir. De hecho, Londres abrió hace poco sus salas de cine y tuvo que volver a cerrarlas porque los espectadores no respondieron; otro tanto pasó con una función de ópera en el Teatro Real de Madrid que el propio público pidió suspender por falta de distanciamiento social y separación de butacas.

En México, los teatros están abiertos actualmente, con un aforo del 30 % apenas, pero la gente tampoco se siente tentada a comprar entradas. A las dificultades por la pandemia en sí misma, se ha agregado ahora el temor remanente en el público a concurrir a espacios cerrados y, como era previsible, prefiere salidas controladas y con distancia social al aire libre.

Los productores y las empresas del show business global están en pánico: La crisis es la mayor que haya sufrido la industria del espectáculo en toda su historia, y sus consecuencias son inimaginables.

¿QUE PASA EN NUESTRO PAÍS?

En nuestro país, la situación del sector es francamente cada día más catastrófica. Hay cientos de artistas acostumbrados a vivir de su trabajo que hoy no tienen ninguna alternativa para subsistir, lo mismo pasa con grandes y medianas empresas productoras, cuyo futuro es realmente incierto. Peor es la situación de la producción independiente y se contabilizan unas 102 salas de teatro independiente con riesgo de cerrarse definitivamente sólo en la ciudad de Buenos Aires. Ninguna de ellas puede solventar sus gastos mínimos de mantenimiento.

El Gobierno de la Ciudad ha salido a tapar agujeros con algunos subsidios para las salas alternativas; Cultura de Nación hizo lo propio para ayudar a artistas independientes con un magro subsidio de 15 mil pesos que no alcanzan para paliar ya una situación tan extendida en el tiempo, como así también asistiendo a las empresas de espectáculos con los ATP y una línea especial de créditos a tasa cero por un máximo de 150 mil pesos.

El Ministerio de Producción de la Provincia de Buenos Aires está a punto de entregar subsidios a establecimientos culturales y turísticos (otro de los sectores más golpeados de la economía), a los que relevó por medio de un catálogo, pero todos siguen siendo "curitas" que no frenan el sangrado de la herida.

El panorama que describe Carlos Ianni, director del CELCIT, es desolador: "Hace no mucho tiempo, algunos funcionarios se jactaban de que Buenos Aires era la capital teatral del mundo debido a la cantidad de salas de teatro en la ciudad y a la cantidad de espectáculos que se presentaban en ellas. Hoy, la crisis que sobrevuela a la producción teatral independiente es única y cruenta: cierre de salas, artistas organizando bolsones de comida, acciones solidarias para quienes no perciben ingresos, etc. "

¿HAY UNA SALIDA ?

Hay una falsa sensación en cierto público, de que los artistas y la producción sobreviven en la virtualidad, ya que nuestra vida se ha adaptado al consumo de contenidos de todo tipo a través de plataformas como Netflix, Teatrix o Amazon. Lo cierto es que es el "streaming", si bien es una alternativa posible de comunicarse y de ser espectadores, y que vino seguramente para quedarse, no da respuestas económicas a las necesidades de sus protagonistas. Salvo el caso de figuras muy relevantes del medio y sobre todo algunos cantantes, como así también algunos youtubers o influencers, la mayoría de los actores recurren al "streaming" como la única opción posible en medio de la crisis. Tanto para hacerse de unos pocos pesos, como para permanecer en el medio. Pero la sobreabundancia de oferta, la baja calidad de los contenidos por deficiencia de tecnología y la frialdad que impone la falta de conexión directa con el espectador, hacen de esta opción más que nada una forma de mantener el contacto, de estar, de sentir la sensación de actuar frente a una cámara, pero en ningún caso - salvo excepciones- implica para ellos una forma de ganarse la vida.

Y también es lógico que suceda. El " streaming" puede democratizar, en cierto modo, el acceso al consumo cultural, pero nunca va a reemplazar al vivo, a la comunión que se da entre el artista y su público cuando sus energías se conectan en un espacio real.

Sabiendo que el "teatro normalizado" por decirlo de alguna manera, en el ámbito experimental y oficial, ha sido subsidiado en Europa por los últimos 70 años, se llega a la conclusión de que algo no se está haciendo bien para los que saben y creen que el arte es un sacrificio y una lucha.

Es en ese sentido, que el director italiano Eugenio Barba aporta una reflexión diferente: " Me pregunto si no es saludable para el teatro o el arte en general que la pandemia marchite las plantas incapaces de sobrevivir. No debemos olvidar la historia de los actores con su tenaz lucha contra los prejuicios, el poder, el desprecio, la peste y la miseria." Y agrega: " Puede ser que la pandemia sea el presagio de una vuelta a la humildad, a la esencia y a la potencialidad interior de nuestro oficio. Tengo una única certeza: el futuro del teatro no es la tecnología, lo es el reencuentro de dos individuos heridos, solitarios, rebeldes. El abrazo de una energía activa y una energía receptiva".

Coincido totalmente que la pandemia puede ser una gran posibilidad de repensar lo artístico desde un lugar de mayor introspección, de mayor originalidad y de mayor humildad, con una mirada social más inclusiva y accesible a toda la comunidad.

Eso desde lo artístico. Desde lo empresarial y económico, me preocupa mucho que actividades como el cine o el teatro que, en la Argentina, tienen aún un gran margen de desarrollo independiente, esta crisis las pueda dejar a merced de grupos económicos concentrados ansiosos de monopolizarlas, como lo vienen haciendo ya hace rato con la televisión o la industria de la música. Eso sería un gran golpe para la supervivencia de lo artístico que echa por tierra el optimismo de Barba y, al mismo tiempo, un retroceso cultural de proporciones insospechadas.

Tiempos de reflexión, de depuración y de catarsis, pero difíciles para ser optimistas.

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