Crónicas de Historia RecienteLo prioritario del bien común

Carlos Riedel7 enero, 2021

Por Jorge Dorio... Hace unos pocos días buena parte de los argentinos sentimos un refuerzo de nuestra esperanza con la llegada de las primeras vacunas. Resulta cuando menos paradójico que ese sentimiento se haya visto oscurecido por acciones diferentes en su carácter pero emparentadas en sus efectos.

Un humorista británico afirmaba que si la ignorancia y el delito fueran equiparables, él se vería en la obligación de denunciar a su cuñado. Lo cierto es que el sarcasmo pierde toda gracia cuando la realidad exhibe crudamente lo peligroso de aquel paralelismo.

Hace unos pocos días buena parte de los argentinos sentimos un refuerzo de nuestra esperanza con la llegada de las primeras vacunas. Resulta cuando menos paradójico que ese sentimiento se haya visto oscurecido por acciones diferentes en su carácter pero emparentadas en sus efectos.

Por un lado, la proliferación de fiestas clandestinas y la inexplicable desaprensión de veraneantes en distintos puntos de la costa atlántica, reveló que para un número importante de compatriotas la circulación del virus es cosa del pasado. Simultáneamente, pese al repudio despertado por irresponsables declaraciones de algunos dirigentes de la oposición en contra de la Sputnik V y del rigor científico de los laboratorios rusos con la mezquina intención de minar las políticas oficiales, ha surgido un nuevo perfil de campaña sucia con rasgos que aumentan lo peligroso de estas operaciones.

El desatino en cuestión se desató en Rosario a partir de una serie de fake news difundidas por una usina identificada como Médicos por la Verdad Argentina. Esta organización ya había ganado notoriedad por su insistencia en viralizar mensajes carentes de todo rigor científico en momentos previos de la pandemia.

En principio trataron de difundir la falsa información de que se había interrumpido la vacunación en la ciudad de Rosario, mentira rápidamente desmentida por declaraciones oficiales. A ese mensaje se sumaron otros mensajes en los que se denunciaba la existencia de efectos nocivos en receptores de la vacuna. Las autoridades sanitarias se encargaron de hacer saber que salvo síntomas predecibles como mialgias y algún ligero ascenso de la fiebre no se había registrado complicación alguna.

La página de Facebook de la mencionada agrupación responsable de la campaña sucia, la presente como una "organización sin fines de lucro cuyos principios fundacionales son la defensa de la verdad aristotélica y la vida según el juramento hipocrático". Antes de esta última ofensiva, este núcleo de mentirosos seriales había cuestionado la necesidad del aislamiento, el uso de tapabocas y los análisis de PCR amén de teorías conspirativas descabelladas. Entre los Médicos por la verdad Argentina hay, conocida militante en contra de la interrupción voluntario del embarazo y con una presencia constante en marchas anticuarentena y antivacunas. Otros referentes del grupo son médicos, promotores del uso del dióxido de cloro, práctica que cobró al menos un par de víctimas fatales.

Pese a los esfuerzos de distintas entidades científicas para desmentir los postulados oscurantistas de este tipo de grupos, lo cierto es que la difusión de semejantes mensajes tiene un efecto ciertamente dañino sobre quienes acceden de manera inocente a las afirmaciones de estas campañas, avaladas por el título profesional de sus desequilibrados referentes. Quiero aclarar que no está en el ánimo de nadie promover el ejercicio de la censura sobre estas usinas de la ignorancia y la desinformación. Pero tratándose de profesionales de la salud sería pertinente verificar el carácter de sus intereses amén de su idoneidad real en el desempeño de sus tareas.

Del mismo modo, los argumentos que aluden al cansancio ejercido por los meses de encierro y la voluntad juvenil por retomar las rutinas grupales en el verano, no deberían desatender una razón más abarcadora y atendible: el bien común. Aún si tiene asidero la mayor inmunidad de algún grupo etáreo o las consecuencias leves de contraer el virus, lo fundamental es recordarle a cada individuo su indeclinable responsabilidad social para preservar la salud comunitaria. Ya hemos comprobado con tristeza que la impunidad de los difusores de falsa información y el eventual arrepentimiento de quienes hayan actuado como vectores de contagio, son conductas de alto riesgo social que ponen en peligro el esfuerzo de la mayoría y terminan siendo cómplices de la eventual letalidad del contagio, que lejos está de haberse superado.-

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