Por Adriana Musumeci...

En las hojas amarillentas de un cuaderno viejo, Rosario recuerda con rabia a los muertos, el frío interminable de los muertos por una revolución que no fue, como una carta sin por que a los vivos.

El hijo de la Sota y ella eran parte de aquel tiempo.

- Mira, lo que recuerdo es que veíamos que el poder estaba anquilosado. Que se ejercitaba rutinariamente. Nos parecía que el poder no merecía continuar, nosotros lo queríamos discutir. El orden lo veíamos como algo dado, instituido, conservador, que no nos interesaba para nada conservar.

- Me acuerdo que fui a tu casa con Walter para el 20 de junio, cuando volvió Perón. Vos nos leíste un trabajo que hablaba sobre “la guerra revolucionaria”. Me pareció un disparate. La gente del pueblo, de los barrios, solamente esperaba a su líder, a Perón, no esperaba otra cosa. Menos una guerra.

- Antes del golpe yo les plantee a los compañeros que no tenía sentido lo que estábamos haciendo. Yo le preguntaba a mi viejo que pasaba en la fábrica y mi viejo me relataba que en la fábrica no pasaba nada. Entonces si a vos por un lado te decían: “no, ya están las condiciones de la insurrección”… Por otro lado viene tu propio padres, de un pueblo que uno conoce, de una fábrica que uno conoce y te dice que no pasa nada, está más cerca que no pase nada a de que pase algo.

Rosario nunca había dudado. No esperaba ninguna transformación social de esa pequeña burguesía que se armó para “hacer una revolución” confiando ciegamente en un liderazgo tan contradictorio como el de Perón y ese frente llamado Frejuli, un rompecabezas sin ideas ni definiciones claras, lleno de hombres sospechosos e intimidantes… y un pueblo desinteresado, que no se sumaba a los conflictos, que observaba pasivamente los enfrentamientos del poder.

En pocos meses aquella esperada revolución del ’73, con Campora al Gobierno / Perón al Poder… se deshizo como un montículo de polen.

Para el ´74 ella había viajado a Zarate para avisar a sus padres se iba a vivir con el Negro. El retraso de su regreso había preocupado al Negro que creía que la estaban reteniendo por la fuerza… y la fue a buscar.

Cuando Rosario volvió a La Plata el Negro aún no había regresado de Zarate.

Al atardecer se reencontraron. Rosario temblaba en el abrazo con el Negro.
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- ¿No es acaso nada para ti ser la fiesta de alguien? – (Fragmentos de un discurso amoroso- Roland Barthes)
Para nadie como para Rosario, el Negro era una fiesta. ¿Cómo no volver?
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Salieron a caminar por la 137. Rosario, trémula y silenciosa, apretujada a su cuerpo, sentía que la vida no le era indiferente. Como la Cordelia de Kierkegaard tal vez hubiera querido decir: “Sé paciente con mi amor; perdóname si yo no puedo dejar de amarte”.

Próximo a un nuevo año el país que se derrumbaba en un caos cruel e inexorable tras la muerte de Perón.

Con Mary y Dios decidieron ir nuevamente al mar.

Instalaron las carpas en un médano. Los pinos le daban una intimidad particular a ese lugar solitario.

La noche del 31 comieron en un bar que estaba más abajo, en la playa.

Rosario lloró por la ausencia de sus padres, por la idea que nunca volvería a verlos.

El Negro se emborrachó y se quedó dormido sobre la arena. La humedad de la madrugada lo despertó, entro gateando a la carpa y durmió plácidamente hasta el mediodía.

Cuando se despertó, con el mismo optimismo de siempre, corrió a reunirse con los demás que estaban juntando almejas y caracoles en la playa para preparar el almuerzo.

Durante el ´75 la situación del país empeoró. Las esperanzas de una vida mejor se convirtieron en un baño de sangre en medio de los escombros.

El 24 de marzo del ’76 Rosario encontró al Negro muy triste: había muerto su tío Simeón.

El tío Simeón, un hombre fibroso, de piel cobriza y sonrisa imborrable, era el un hombre de carácter fuerte pero cariñoso, inseparable de la infancia y la juventud del Negro, que lo amaba y admiraba.

Simeón murió el día del golpe militar.

Ni el Negro ni Rosario le dieron mucha trascendencia al golpe. Ya se lo esperaba. Mucha gente lo deseaba y pedía sin abiertamente, casi como un alivio.

La derrota final, generalizada, terminaba de consumarse. El mundo que los rodeaba estaba cambiando.

La resistencia armada de las orgas duró muy poco. La militancia se redujo a evadir los operativos, a dar casa y comida a los perseguidos o ayudarles a abandonar el país, mientras se organizaban formas de reclamar por los desaparecidos o mostrar al mundo los crímenes de las juntas militares.

Rosario no tenía miedo.

A pesar de tantos peligros Rosario se sentía segura.

Amaba apasionadamente a un hombre, a quien la unía la búsqueda de una sociedad más justa. La familia del negro la cobijaba. Había roto los lastres de una vida dolorosa y tenía esperanzas.

Rosario sabe que la escritura también fue la manera de fijar las ambigüedades perturbadoras, los matices infinitos, las contradicciones insuperables, los hechos enormes de una época donde ella había vislumbrado un final que pocos preveían.

Se pregunta por qué creyó siempre que había heredado de su abuelo, siciliano y analfabeto, su persistencia por la lectura.

- Vos naciste leyendo – le había contado su madre hacia la vejez.

- Leer es como cruzar el mar mil veces, cruzar el mar a la manera del abuelo es como haber leído miles de libros – fue la respuesta de Rosario

Rosario no dudaba:
- En mi corazón está el sol ardiente de Sicilia, la fuerza del eros que mi abuelo puso amorosamente en mi corazón.

En medio de las amenazas, las penurias y las dificultades de esos tiempos- el Negro y Rosario trataron de construir un nuevo destino para sus vidas.
La noche de aquel sábado la casa estaba silenciosa. La calle también porque había terminado ya el trajinar del tránsito.
Rosario se durmió entrando la madrugada.
Al amanecer el silbido de un tango la despertó. Le gustaba escuchar cantar o silbar al Negro.
En una hoja de papel el Negro había escrito:
- “Rosario: me quiere, me molesta, es mi mujer y lleva en el vientre un hijo varón mío. Gracias por tus cuidados esposa mía.” (1977)

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