Crónicas de Historia RecienteCaminos a Sarajevo (Quise que el camino se desvíe…)

Carlos Riedel15 noviembre, 2020
Dillon

Por Adriana Musumeci

Aquella vez fue en Etiopía, mi primer destino como corresponsal del diario italiano Oggi.
Recuerdo haber escrito:
- “Las moscas que habitan en todas las extensiones infamadas de la tierra, que los inmundan desde niños a ancianos, antes y después de la muerte, pasaron a conformar la estructura de mi cuerpo.
- Tuve ante mis ojos un programa de hombres elaborado durante milenios para que otros mueran sin saber que producen tesoros de vida y riquezas y placeres…
- Una sinfonía en la que no hay notas disonantes, donde todo se ordena en mantener los privilegios del dinero y el poder… ¡y hacerlos grandiosos a cualquier precio!
- Yo vi la muerte… Estaba ordenada y programada en todos sus detalles.”
Sí. Yo lo vi. Lo estoy viendo.
Mientras me confundía con otros de los que no sabía nada personal, yo seguía siendo mi propio centro.
En tránsito por ciudades sin árboles en las calles, sin sombra y sin pájaros.
Sin palos borrachos, fresnos, sauces ni jacarandáes.
Ciudades sin jardines ni cortinas de gasa.
Ciudades solo con personas que mueren. O que quedan vivas…
Argentina, mi patria, quedaba lejos.
Poco a poco los límites de mi individualidad se diluían como entre el mar y la playa.
Un mundo sin risas, sin el sonido de las risas…
Solo tratando de olvidar.
Preguntándonos ¿para qué insistir?
Leí con dificultad en los campamentos de refugiados.
Me costaba leer. Como un rechazo a acceder a las formas culturales de la crueldad.
Pero necesitaba comprender lo que veía…
Comprender no es, de ninguna manera, describir la realidad.
No es mostrarla tal cual es, como poniéndole un espejo.
Los hermanos Karamazov, el Quijote...
Busqué sabiduría en esos libros y en otros.
La luz azul de un farolito en Afganistán alumbró mi relectura de Marx.
Marx. Una boa constrictora, pensé.
Dentro del cráneo hueco de su muerte estarán los huesos inmundos del capitalismo.
Marx. Sentí envidia de alguien que en medio de tantas imposibilidades pudo pensar de ese modo.
Me enseñó a conocer…
No solo narrar historias de sobrevivientes.
De un mundo tan obsceno que parecía incomprensible.
Un camino cerrado.
Con un auto aplastado.
Un violín que no suena.
Una fábrica que mató a la niña.
Acido que quema la garganta.
Se ocultan los hollines.
Un rio de espaldas a los sueños.
Cáncer que vive en el centro.
Un mañana que puede ser igualito a hoy:
Solo audacia sin valor.
Acomodar las flores en el jarrón adecuado.
Y cobrar las hipotecas.
Días grises inútiles.
En las librerías de Roma, en uno de mis regresos, armé mi mochila con Lenin y el Che.
Ya no eran textos que me permitían “enfocar mejor mi trabajo”.
No eran un adorno para presumir…
Eran un sendero arduo para mi sangre que estaba en ebullición.
Afrontar la existencia.
El deseo de otra vida.
Quise que el camino se desvíe.
Que no me lleve…
Que no me lleve…

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