Crónicas de Historia RecienteCaminos a Sarajevo... Mi patria, mi hermana Isabel…

Carlos Riedel21 noviembre, 2020
Dillon

Por Adriana Musumeci...

Con mi hermana Isabel teníamos una carpintería. La habíamos heredado de mi viejo.

Él nos había inculcado una forma de vivir y organizarnos, humildemente, con comodidades… pero sin lujos ni ostentación.

También nos enseñó que nuestros empleados, debían tener una vida tan digna como la nuestra, capacitarse, progresar.

Esta política de mi viejo, nacida de sus sueños juveniles, paradójicamente, nos dio muchos beneficios. No buscábamos ganancias extraordinarias, la pasábamos contentos, tapados de trabajo.

Yo había aprendido el oficio y también esa manera de mi viejo de llevar adelante la carpintería, que pronto se convirtió en una Empresa con todas las de la ley.

El día que murió Isabel, ese día y los siguientes el mundo desapareció para mí. Con lo que habíamos ahorrado y con la venta de la carpintería me fui de la Argentina. Tal vez yo no debía culpar a mi patria, pero en ese momento lo hice.

Un país de mierda la Argentina, pensaba, carcomido por la corrupción. Irrecuperable.

Cualquiera hubiese tomado las cosas menos a la tremenda. Pero no pude. La culpa me trituraba.

Empecé a vagar en Europa, por los destinos menos turísticos que se pueda uno imaginar. Necesitaba deshacerme de todo lo que fuera la vida social que despreciaba.

Un día llegué acá, a Sarajevo.

Fue en auto, de noche, por el mismo lugar por donde hacía unos años habían llegado los tanques. De eso me enteré después.

Alquilé una habitación en un hotelucho de las afueras.

Después de unos días, me di cuenta que no entendía en absoluto el idioma.

Eso me tranquilizó. No quería tener trato con nadie.

Empecé a quedarme en Sarajevo.

El sistema político, religioso y social -tan intrincado- ayudó a mis propósitos. Y todavía hoy me permite mantenerme al margen de la vida de los demás.

Me mudé a un departamento frente del Comité Central Socialista del queda sólo un fantasmagórico esqueleto que veo desde mi ventana.
Esos desechos no me dejan olvidar cuánto daño es capaz de hacer el hombre.

¡Daño! ¡Hablar de “daño” ante una cosa así! ¡La guerra, la destrucción de una guerra!

A pesar de no ansiar el contacto con otras personas, ni querer interesarme por otras vidas, por simple y venerable instinto animal de conservación, decidí trabajar.

Compré algunas herramientas  y empecé a hacer pequeñas artesanías en madera. en aquel lugar del mundo que apenas conocía.

Recobré el placer del olor de la madera, el temblor del aserrín, la forma que aparece después de cada ensamble parcial.

Primero, vendí mis trabajitos en los negocios del centro. Gustaban y se vendían. No sé por qué, estos cachivaches tienen cierto aire folclórico de la Argentina…

Al poco tiempo me di cuenta de que el trabajo mejoraba y empezaba a tener relaciones estables.

Ahora puse un puesto en una feria, cerca de la Biblioteca.

La gente va y viene. Pero, a pesar de mis reticencias, no toda la gente de Sarajevo se fue de mi vida.

Swada, joven y hermosa, tenía un puesto lo suficientemente cerca como para que pudiera verla y lo suficientemente lejos como para no hablarle.

Así estuve un tiempo, hasta que me resigné a acercarme.

Swada, tan sufrida, tan sola, huérfana de toda familia por la guerra. Swada, a pesar de los sufrimientos de la guerra, siente un profundo amor por su patria.

A veces se me ocurre que ella es más buena de lo que yo podría ser jamás, aun intentándolo. Siento pudor hasta de pensar en el amor que sentimos el uno por el otro.

Somos fuertes y felices y ahora, desde hace unos días, tenemos una hija. Isabel es el nombre que le pusimos.

Isabel, un homenaje a quien nadie conoce en la patria de mi hija…
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