Crónicas de Historia RecienteAquel (Crónicas del sometimiento)

Carlos Riedel11 octubre, 2020
Dillon

Por Adriana Musumeci... En las ramas secas del árbol que sobresale por arriba del monte de ahí, se paran a la tarde un montón de torcacitas grises, pequeñitas. Cuando el sol quema un poco menos se paran ahí a esperar la noche para dormir. Son ordenadas y tranquilas.

A veces, no todos los días, a veces nomás, viene desde el llano pelado un pajarraco grande, con un chillido flaco, vuela en redondo como para que las palomitas lo vean y baja en picada para las ramas. No alcanza a llegar que ya todas mueven rápido las alas, se escucha el ruido de las alas moviéndose rapidito y se van. Yo las miro un ratito y después desaparecen en el monte.

Son vivarachas, saben que ese animal se las puede comer sin que ellas puedan hacer nada. ¡Qué cosa! ¿No?

Aquel llegó al pueblo una tarde de calor como ésta, que ni la tierra se movía.

Como un bicho malo, nos asustó a todos, a las mujeres más que a nadie. Nosotras, las mujeres, estábamos solas y tranquilas en el pueblo, con los gurises nomás, porque los hombres se habían ido todos a la guerra y volvían o muertos o arruinados.

Yo, que lo vi por entre las tiras de la cortina de la cocina pasar por delante de mi casa, hubiese querido hacer lo que hacen las palomas.

Nunca supimos por qué llegó caminando, así sin nada, como el pajarraco, tampoco de dónde, nadie tuvo la oportunidad o mejor dicho, el coraje para preguntárselo.

Se fue derecho donde los milicos y les mostró los papeles para que los otros hicieran lo que les mandaba un juez de paz: darle para él que, según decía, era el dueño, esa tierra con una aguada preciosa que todos usábamos.

Así empezó todo.

Al fondo de cada casa nosotros teníamos maíces, papas algunos porotos y gallinas y cada cual tenía su vaquita o su cabra.

Aquél se hizo la casa solo porque, por la guerra, no había peones por acá en esa época. ¡Linda la casa! Puso vacas en el campo y así vivía.

Mientras él crecía nosotras nos veníamos para abajo porque nunca más pudimos llevar nuestros animalitos a la aguada, ni nos atrevimos nunca a pedirle permiso. El alambre y ya está. Así que los bichitos o se morían o estaban tan flacos que no servían más que para darnos trabajo.

Un día empezó lo que voy a narrar.

Nosotras estábamos siempre contentas, trabajábamos como mulas agachadas en la tierra, pero a la tardecita nos sentábamos en alguna enramada dale con los chistes y la risa.

Yo escuché dos veces hablar de lo que aquel hacía. La primera fue la Zulema que era tan limpita y blanca que asombraba. La paró en la calle y le dijo:

- Venite.

- Fui - contó la Zulema- Me pensé que era para hacer algo en la casa. ¡Linda la casa! Cuando entré al oscuro de la pieza, ahí nomás se bajó los pantalones y yo se la vi… ¡así de grande y dura!

Lo dijo sin llorar ni reírse ni nada. Ni siquiera se quejó. Yo me quedé atontada. Las otras entraron a murmurar. Me levanté y enfilé para mi casa.

Me paré debajo de una planta para esperar a mi mamá, que hacía un rato largo estaba con aquel. Ella no me dijo nada de lo que hablaron.

Capaz que todas pensaron lo que yo: a lo mejor es una suerte para la Zulema y se casa con ella o se la lleva a vivir con él a la casa.

Le erramos fiero. No la llamó más y ni la miraba si pasaba por donde nosotras estábamos sentadas.

Así fue pasando el tiempo y ya nos tranquilizamos un poco… hasta que fue lo de la Rosita.

A ésta la mandó a llamar con el viejito del almacén. La Rosita se paró y salió caminado despacito atrás del viejo. Ni se dio vuelta para mirarnos. Para peor ella ya sabía lo que le esperaba. Pero fue igual, sin chistar…

Desde ese día, después de lo de la Rosita, mi mamá empezó a darme todos los días un té de hojas de roble.

- Para que no te preñe - me dijo.

Y algo de razón tenía, porque en todo este tiempo nacieron algunos gurises que seguro eran hijos de aquel. Pero ninguna se quejó ni le pidió nada.

El día que me tocó a mí, era febrero y había estado toda la mañana sacando yuyos de los surcos y acarreando agua para regar a las pobres plantitas que no daban más del calor. Cansada como una mula, dormí una siesta larga y tranquila. Me despertó mi mamá y me dijo:

- Andá.

Fui así nomás como estaba, caminando ligerito.

Ocurrió tal cual lo había dicho la Zulema: el oscuro de la pieza y aquél con esa cosa grande y dura. ¡Me dolió tanto! Pero no grité ni nada.

Para qué, la casa estaba lejos y no había nadie. Si no fuera por la cosa que me lastimó pensaría que ni él estaba ahí. Pero…ni mu.

Después que terminó con nosotras, empezó con las más chicas.

La primera fue la Anita, de ésa siempre sospechamos que era su hija. La madre podría haber hecho algo, pero no, la mandó igual a la pobre palomita.

Después de muchos meses, fue la Cristina. Esa vez paso algo inesperado. Cuando volvió la Cristina se reía tanto que la madrina que la crió pensó que se había vuelto loca.

Al final, contó que el viejo no le pudo hacer nada… ¡porque no se le paró! Le hizo hacer unas chanchadas bárbaras, pero nada… A la madrugada la sacó a los empujones de la casa, en cueros. La Cristina se le rio en la cara y no podía parar de reírse.

Enseguida, llamó a la Maruca y a la Baltasara que es una nenita. Fueron en silencio.

Pero apenas volvieron contaron todo.

- ¿Nada? ¡Nada! - el viejo no pudo hacerles nada, manoseos y una rabia que a ellas les dio un miedo de morirse.

Pasaron muchos años…

Ahora volvimos a juntarnos en la enramada, a la tardecita.

Las más viejas murieron esperando que salga olor a podrido de la casa.

A las más jóvenes se nos fue casi toda la vida esperando que el viejo muera como una rata y que el olor llegue hasta afuera, para que nosotras lo sintamos.


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