Caminos CercanosMachirulos - Historias Breves III

Carlos Riedel30 septiembre, 2019

Por Sonita...

Más te quiero, más te aporreo!!!   Silvia había escuchado el refrán muchas veces.   La sociedad patriarcal, naturaliza la violencia como un acto de amor??!!!!   Naaaahh, son dichos, boludeces que se dicen.

Cuando conoció a Roberto, se enamoró hasta la médula!; A sus treinta y tantos, nunca había sentido nada igual, esa sensación de andar en el aire, la ansiedad por el encuentro, la entrega y la pasión, no, nunca lo había sentido así.   Él era tan atento!  era de los que te corren la silla, te dan el paso, te abren la puerta y regalan flores…..

Todo era perfecto, porque Roberto estaba “tan” enamorado como ella, así que no dudo en aceptar que se mudara con ella. Él pondría su casa, que era demasiado grande para los dos, en alquiler, además le quedaba más cerca la oficina.

Compartir nuevos momentos, los domésticos, los cotidianos, fue revelando el verdadero, dejó el acting del caballero, y se mostró sin maquillaje. A pocos días de convivir, comenzó a objetar su vestimenta, luego sus horarios y salidas con amigas.

Primero fueron caras serias, luego fueron gritos, pero el día que Silvia llegó más tarde del trabajo, maquillada como nunca, y una enorme sonrisa en su rostro,  encontró a Roberto en el sillón jugando a la play.

- Hola, dijo. Comiste?  Me cambio y preparo algo.

Fue al dormitorio a cambiarse. La siguió, y sin mediar palabra, un golpe muy fuerte marcó cinco enormes dedos en su mejilla,  la tomó de ambos brazos, la sacudió y le gritó en la cara “Atorranta!  De donde venís?!!! Toda pintarrajeada!  Con quien estuviste?!!!!.   Luego la arrojó al piso, la escupió y se fue dando un portazo.

Volvió a la madrugada, se metió en la cama, hediendo alcohol, a media voz le dijo:

- De ahora en más, vas a venir a horario, y no quiero verte con esa pinta de gato!  Te lo digo por tú bien, vos sabés que yo te quiero!

Silvia siguió con su trabajo, y ahora también vendía una conocida línea de cosméticos.  Eran los mismos que había probado en la reunión de demostración de aquel día, ese día que se había gustado al mirarse en el espejo, y por eso no podía quitar la sonrisa de su rostro.

Avisaba siempre a Roberto, que clienta visitaría, y en qué horario. Tenía certeza que unos pasos por detrás alguien vigilaba, por eso, nunca se atrevió a desviar su itinerario, el miedo fue su compañero cada día.

Pero, era necesario sumar ingresos, el dinero no alcanzaba y Roberto no aportaba nada. La casa de los padres, no estaba en alquiler, y ellos ya estaban cansados de mantenerlo.

En su desdicha, Silvia se confortaba pensando que era una suerte estar en el mercado de la cosmética, y haber aprendido maquillaje.

Ahora sabía como cubrir sus moretones…

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